. Salidas de emergencia
Novela de Alexis Romay
Ediciones Baile del Sol, Tenerife, 2007
La primera novela de Alexis Romay nos trae pruebas de su pertenencia a una corriente de escritores bien avezados en el tratamiento del lenguaje, que se valen de esa efectividad para no perder el necesario enfoque a lo largo de trescientas y más páginas. Por encima de contar, vale hacerlo con destreza y lucidez. Salvar el tema de Cuba y su catástrofe, en nuestros días, llega a ser un virtuosismo si se nos hace olvidar el escenario y sus conminaciones. Los personajes, de esa manera, no son una proyección o una consecuencia del paisaje que les contiene. Existen en sí, bien vinculados al fondo virulento, pero rescatables por sus fisonomías particulares.
Lejos de saturar el inagotable molde de la supervivencia, cárcel y linfa circundante, rasguños sobre el imponente bloque, Romay nos cuenta de alguien que quiso reencontrarse en un viaje excepcional: el de regreso. (“El verdadero viajero no es quien parte, sino quien retorna”, dijo ya alguien). Como sabe tejer y destejer piezas en que la lengua diserta a expensas del narrador, el autor se vale de una serie de concatenaciones que terminan juntándose en su tapiz señero, con asombrosa naturalidad. Es también el rescate de una fábula preciosa a todo cronista: el hombre ante la imantación del espejo. Lo que el hombre lega al Ser, sus desprendimientos que son vástagos y reliquias, le atan forzosamente al sitio donde una vez confluyeron esas refracciones. De ahí la simbología: el hombre necesita perpetuarse en obras, en hijos, en la custodia del sitio propio. No puede alejarse del cristal (¿empañado ya?) que sigue proyectando su imagen.
Cualquier cosa que suceda en Cuba bajo las condiciones que imperan hoy, debe propiciar tramas que derivarán, por sí solas, hacia el relato aglutinante de lo opresivo. Alguien que no conozca todos los gradientes de la libertad, incluyendo sus contenidos inexpresables, vive con el empeño de escapar, pero no sabe qué otras sensaciones ha de acarrearle el acto de ser libre. Lo contrario sucede a quien logra desasirse y decide reexaminar sus cadenas al cabo del tiempo: ése sí sabe lo que pierde. Cuando el padre exiliado entra al amplio salón del bullicio y del desasosiego, indagando sobre sí mismo y su progenie, no se detiene a examinar cuáles son las salidas de emergencia. Y aún le faltará experimentar la amargura de una segunda evasión, Dédalo a medias que intenta explicarse las alas intactas, la impasibilidad de Ícaro.
Se agradecen el oficio y la soltura, si bien nuestros contemporáneos se han apoderado de los cosméticos que sobran en las quimeras metropolitanas, sobre todo en la narrativa reciente. Romay sabe justificar lo minucioso del elemento descriptivo: aquí es el ingenio del cubano típico y su capacidad para atenuar las penitencias habituales. El modo en que se concatenan las historias va dictando el ritmo de un texto rico en aproximaciones, donde es posible paladear la chispa poética del autor, sus habilidades para sofrenar los diálogos, el chiste latente que aflora como granazón oportuna en más de una oportunidad. Romay salva con el lenguaje lo que pudieran tomarse como leves (y ocasionales) intrusiones en la perspectiva del lector; y no sabe ocultar su credo, ni su convicción de escritor que ha experimentado alguna vez esa impotencia de ver, a escasos centímetros de su cárcel latente o imaginaria, un inalcanzable manojo de llaves.


1 comentarios:
No he leido el libro, pero conozco lo que escribe Romay. Buscare el libro. Gracias.
STgo
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