7.25.2008

Antonio José Ponte: los ases sobre la mesa


La insistencia más reciente en cuadricular el hecho literario cubano nos ofrece un catálogo que se distiende en solvencias. Viene a ser el énfasis de no pocos, pero es más palpable cuando proviene de la propia isla. Y tales solvencias se explican, como siempre, con índices cuantitativos, a los cuales se añaden reafirmaciones, validaciones y entusiasmos. Óigase el pregón que resuena incesante, proclamado con firmeza desde la cúpula altiva, haciendo de la literatura allí alquitarada otro frontispicio del cual enorgullecerse, sobre todo en estos tiempos en que su embozo seductor puede acallar la volubilidad de un ideario.

El nombre de Antonio José Ponte aparece puntual, y con justicia, en casi todos esos mapas; y ello le otorga una rara virtud: la resistencia a ser obviado. Ganas no le faltan a nuestros curadores de apartar su paciente tejido y destrenzarle, en parte por su indocilidad política, en parte por su inquietante visión de la cultura cubana. Los curadores, para justificar un modo triunfalista, se aúpan cada vez más en la complacencia del cúmulo. Las pruebas no andan lejos: las obras se multiplican, los autores desbordan las lindes. Se impone la disección explicativa de las antologías, los análisis generacionales, las escuelas y molduras. La literatura cubana ya no es tanto emanación o vertimiento de lo inevitable, siendo más un constante acecho de la visibilidad y la participación. Y es aquí cuando vienen libros como Asiento en las ruinas o Las comidas profundas a recordarnos que una obra auténtica puede zafarse de semejante taxidermia, y prevalecer.

Yo siempre había leído la poesía de Ponte con la sospecha de que nos guardaba los ases de triunfo para algún momento posterior, cualquiera que éste fuese. Algo me faltaba por entender; tenía que haber otras cartas que mostrar. No cumplía el ritual más atractivo de ofrecerse en bloque: el libro como hecho final, el libro como usanza que dependía de ascensos, descensos, ejes vitales y desprendimientos. Mi pobre percepción se justificaba en la experiencia de lo ya comprobado. Mi propia escritura (en concierto con la de tantos otros) se amparaba en un peculiar sistema donde el producto mayor (el cuaderno de poemas) obscurecía los componentes (los propios poemas). Y la fórmula nos sirvió para adquirir la fácil notoriedad de un libro inaugural y promisorio, que a fin de cuentas sólo prevalecería como hecho referencial, para contenernos y no dejarnos superar semejante hito. Pero Ponte seguía otro curso, cantaba obtusamente, secamente al parecer. Su poética no era argumentada en libros, sino en poemas y ensayos: concreciones depuradas en sí.

De todos modos, los ases ya habían sido arrojados sobre la mesa, y no habíamos caído en cuenta. Dos distinciones nos hacen volver sobre sus versos y explicar su perdurabilidad: el sacrificio de todo donaire en aras de nominar las esencias; la idea de que el poema puede distanciarse del libro y bastarse a sí mismo. Esto último se ejemplifica en su singular bibliografía: sus cuadernos se entretejen, se anulan entre sí, se convierten en Uno. “Es difícil saber hasta dónde alcanza un libro de poemas, hasta qué poema se escribe”. Son sus propias palabras. Pudiera alguien reclamar que una composición alcanza validez desde cualquier contexto, pero esa objeción tiene una simple réplica: pobre del hacedor que necesite un oratorio para justificar una prez, gastándose en aderezos y piedad.

Yendo a la primera de sus distinciones, aquella del empeño en nominar las esencias y sacrificar por ellas los afeites que toda poética ostenta, en Ponte coexisten un prurito verbal lo suficientemente domeñado como para engañar a cierto tipo de lector (los que andan a la caza de versos que citar) y una expresión fijada en palabras que proyectan contornos. Un verso es siempre más, un verso suyo deja un sabor a discernimientos sólo dados a un estrecho círculo. Vienen a ser esa extraña mezcla de exactitud y sagacidad, lo necesario propagable sólo a través de la poesía, que ya destacara Wordsworth desde una época en que los ripios tenían el cometido de acomodar el verdadero mensaje. Ponte es de los pocos poetas cubanos que no precisan de hojarasca para asentar su verdad. Esto mismo pudiera decirse de otros, sólo que en él no ronda la alevosía del oficio. Es, simplemente, su manera de entregarse.

Su obra en prosa, por suerte, no es complemento de una poética. Tal aseveración es discutible, si bien todo autor puede agotar una determinada sapidez y acudir entonces a otros géneros donde poder liberar su escozor verbal. Pues se acude al complemento cuando las normas agobian y son trascendidas en hechura y no en carácter. La prosa de Ponte respira ajena a su pericia de poeta. Baste el ejemplo de La ópera y la jaba, una pequeña obra maestra que lo aparta de otros ensayistas. Se aduce a menudo que hoy por hoy el género sobrepasa en solidez a la ficción y la poesía cubanas. Sea esto cierto o no, nuestro seguidor de Montaigne ha logrado darle al ensayo un giro impar, por devolverle la prosa eficiente y la emotividad, y restarle la muy frecuente afectación que padecen otros. Ponte no sobrenada en referencias, ni pretende demarcar un territorio con su propio sistema de conceptos. Concede una porción al lector, para que se integre al ejercicio estético. Lo mismo ocurre con su obra narrativa, menos conocida, distintiva por no depender de factores coyunturales y por no seguir pautas convenientes. Su narrativa, a mi entender, le acecha impaciente, le tienta a zambullirse en su vastedad, le extiende una roja alfombra por ver si al fin le retiene.

Buena fortuna, llevar a sus pocos años un fardo que no pesa y que le abre puertas. Atesorar la contraseña que ignoramos, y verle entrar en esa cobija apacible. Así de displicentes, regresamos al poema con la misma sospecha de antes, esperando a que termine por mostrar las dichosas cartas, sólo para verlas deslumbrar en mitad del partido, cuando ya no hay vuelta atrás. Y entonces darnos cuenta de que lo hemos perdido todo.
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12 comentarios:

machetico dijo...

Gracias, Meneses. La gente de Centeno le invita a que pase cuando quiera a fajarse. Un abrazo.

Ernesto Menéndez-Conde dijo...

Muchas gracias por este texto dedicado a Ponte, a quien admiro. Su Fiesta Vigilada es una gran novela.
Y Ponte es un gran amigo.

celimar dijo...

" Muerta como una reina en mala colchoneta,
debió meterse por un olvido mío".

versos imprescindibles en la poesia cubana

casabe ronsal dijo...

"Un palacio alumbrado con esta luz de plátano"

"el jugo de un hollejo
a medio masticar corre por mi barbilla
como un río muy lento."

"Yo colgué en la ventana
un mono de peluche
(para que dejen de monearme,
me advirtieron)"

La verdad a Ponte se le da la poesia como el marabu en la isla. Por suerte esta demaciado ocupado en otras cosas y no deja fluir ese rio lirico que podria inundar nuestro paisaje poetico

Anónimo dijo...

gracias guajiro, que la obra de Ponte ya hace tiempo merecia entregas de ese tipo. ernesto es de los que todavia no se ha enterado que la fiesta vigilada es cualquier cosa menos una novela. y casabe no se ha enterado que demasiado no se escribe con "c". menos mal que somos un pueblo culto que si no quien sabe de lo que seriamos capaces.

Ernesto Menéndez-Conde dijo...

cualquier cosa menos una novela? un escaparate, supongo. O un escarabajo. O un alfil. Menos mal usted es el mas culto de todos. Asi podra establecer a que genero literario pertenece La fiesta vigilada. Muchas felicidades.

Ernesto Menéndez-Conde dijo...

Que raro enviarse anonimos a si mismo.

Manuel Sosa dijo...

???

Nunca los he necesitado. De eso se encargan dos o tres personajes que nunca me abandonan. Gracias.

RI dijo...

No es novela en el sentido estricto del término; más bien una compilación de autobiografía, ensayos, ensayos algo novelados, unos mejores que otros. El que trata sobre las ruinas es muy muy muy bueno.

Ernesto Menéndez-Conde dijo...

Absolutamente de acuerdo contigo, RI. Hay referencias personales y ensayos. Hay relatos de personas que pueden identificarse perfectamente, personas conocidas, y tambien hay muchas vivencias personales junto a paginas que parecen mas bien critica literaria, si bien un poco libre. Todo mezclado.
De ahi a decir que no es una novela, no estoy tan seguro, francamente. Muchas novelas contienen elementos de ensayos. Este fenomeno no tiene nada de nuevo y es parte de ese caracter plural o polifonico de la palabra en la novela. Hay toda una tradicion al respecto. Bastaria recordar en Los Miserables los fabulosos ensayos que preludian a la trama(Paris vista a vuelo de pajaro, los impuestos sobre las ventanas, el de Waterloo, el fascinante capitulo sobre que hacer los excrementos, y aquel otro sobre el argot popular).
Un ejemplo muy notorio es en La montana magica, en las discusiones entre Naptha (no recuerdo si se escribe asi) y Settembrini. O las conferencias del doctor Krokoski (tambien aqui temo escribir el nombre incorrectamente). Lo mismo puede decirse en Doctor Faustus, cuando uno de los personajes trabaja en una conferencia sobre por que una pieza de Beethoven tiene dos movimientos en lugar de tres. El ensayo, el diario intimo, los elementos autobiograficos, son todos, muy legitimamente, parte de la novela. No se si estes de acuerdo conmigo en esto. Muchas gracias, RI por tu comentario. Saludos.

Ernesto Menéndez-Conde dijo...

Debe decir: que hacer con los excrementos. Me comi el "con" y posiblemente no se entienda bien la oracion.
Tambien "un ejemplo esta", en lugar de "un ejemplo es". Me estoy volviendo medio gringo aqui.
Saludos.

RI dijo...

Saludos Ernesto. Y gracias al jefe de la finca por compartir sus aficiones.