6.30.2008

Yo, mercenario

De una manera u otra, terminamos siendo mercenarios de la palabra. El término no descalifica, sino que enmarca una virtud que no todos podemos poseer: adecuar la expresión a lo que nos plazca. Parte de la gran literatura ha sido un reto de los autores a sí mismos, aprovechando la inspiración y regándola con toda la técnica posible. Los lectores también han podido lanzar sus retos, apostando a que el escriba se enredará con las glosas o los temas peligrosos que se les ha propuesto, y terminará diciendo lo que nunca debió, por faltarle la garra que asiste a los virtuosos.

Un ejemplo de ello lo fue Juana de Asbaje, quien tras sus hábitos escondía la destreza de la pluma. Su manera de jugar sin esforzarse, versos en puro malabarismo, consonantes increíblemente argumentados, demostraba que había nacido para escribir sin necesidad del arrebato poético. Cuando le asistía, su estro no tropezaba con los usuales escollos lexicales. Uno de sus grandes logros fue el dominar creíblemente la voz masculina, que asumía sin pretensión ordinaria, y que hubo de sentar útil precedente en la poesía de nuestros tiempos.

¿Quién no ha jugado con la idea de redactar el texto más inverosímil, sólo por probar las reacciones de la audiencia? ¿Quién no ha negociado un objeto o un gesto usando una epístola que sabe sí llegará a convencer al destinatario?Recuerdo que en la beca solía agenciarme ciertos favores a cambio de una buena carta kitsch, mezclando algo de filosofía callejera con frases melosas y requiebros encubiertos. Cada uno de nosotros, en algún lugar, ha ejercido este oficio. Reinaldo Arenas lo hacía en la cárcel. Allá en Sancti Spiritus, mi amiga Liudmila Quincoses escribe cartas de amor sin cobrar por ello. El anuncio de su puerta también advierte que escribe cartas para suicidas.

Casi todo escritor aspira a ser renumerado por sus libros. Muy pocos tienen la fortuna de vivir de ello, pero no les quita el placer, creo yo. Dumas, que lo hacía por entregas, no pudo evitar el llanto cuando tuvo que matar a Portos. Bioy Casares dijo: "Yo escribí para que me quisieran; en parte para sobornar y, también en parte, para ser víctima de un modo interesante; para levantar un monumento a mi dolor y para convertirlo, por medio de la escritura, en un reclamo persuasivo."

La verdadera prueba del literato consiste en ser capaz de incursionar en todos los géneros, sin esfuerzo. No poder salir de un formato es indicio de estrechez o pereza. Quien reproduzca los ritmos adecuados en un endecasílabo, y conciba una décima redonda, y construya parlamentos creíbles, y demuestre una tesis sin perderse en argumentaciones es un mercenario perfecto. Engañando en todas las formas posibles, sin despertar sospechas.


6.29.2008

Sindo Pacheco: narrar desde el halo invisible

Es uno de esos orífices que salvan la profesión, narrando sin complejos, sin preguntarse si va a la zaga o la vanguardia. Vivió toda la estampida de los noventa, cuando alguien disparó al aire y anunció y describió la carrera hacia la posteridad. La narrativa cubana fue un esquema arduo, cotejado y descrito por sus propios profetas. Se fraguaron moldes, se escribieron recetarios. Un cuento necesitaba patrocinadores, guión, atmósfera, tema que cumpliese los requisitos. Todo aquel que pretendiese ser tomado en cuenta escribía su relato sobre la guerra de Angola, sobre la cárcel, sobre el servicio militar. El tema gay era obligatorio, como el servicio. La superposición, interposición de planos, la intertextualidad.

Yo quisiera saber cuánto de esto recuerda Sindo Pacheco. Desde que le conozco, le he visto auxiliarse de eso que ya nadie confiesa: su propia alma. Yo quisiera no creer que escribir es una vergüenza. Para mí lo es, o sea, reconocer que escribimos cuando nadie nos ve y luego tener que mostrar el pliego al curioso y al entrometido. Mientras quede una pizca de esa ingenuidad, podrá salvarse la literatura, si ese es su destino.

Sindo Pacheco no aprendió técnicas narrativas en un taller literario, y sólo los frecuentaba para extasiarse con las dramáticas entonaciones y los ritmos sorprendentes de sus amigos los poetas. Es un narrador natural, virtud o defecto que puede cerrarle (más que abrirle) muchas puertas. Su mayor envidia es no poder leer a Huck y Jim en la jerga del Río. Su mayor proeza: no necesitar traductores.

SOBRE EL OSO

Por Sindo Pacheco

El oso movía la cabeza y yo me incorporaba: reflejo asimilado a fuerza de repetirlo: acto innato como innatas eran las circunstancias de mi encierro. La celda es redonda y alta como un tubo vertical. El oso, cuya cadena atada a un punto le permite circular en el tiempo como el secundario de un reloj, me obliga a vivir rozando la mampostería. Al principio podía imprimirle mayor ritmo a sus ataques y frecuentemente logró herirme con sus rápidos zarpazos. Mi sangre entonces se deslizaba por el piso hacia el centro del recinto. De vez en cuando se abría una ventana lateral por cuya claridad entraban potes de comida: carnes exquisitas como nunca había probado, además de dulces acaramelados y manjares dignos de un monarca. Con infinita ansiedad esperaba ese momento— único placer que me era disfrutable—, hasta advertir que en la medida en que aumentaba mi volumen, mi rival era capaz de lastimarme con más severidad. Hubo un tiempo en que pareció golosear mi ración exuberante con sus grandes ojos fijos hacia el rectángulo bendito, pero luego se contentaba con la obra de sus garras y bebía mi sangre con verdadera devoción. Calculé que ambos éramos los eslabones de una cadena interminable. Antes, otros prisioneros debieron soportar o sucumbir, pero yo estaba decidido a vencer tamaña prueba, y me sometí a una dieta rigurosa que indirectamente impedía el suministro a mi rival. Durante innumerables jornadas, que eran medidas con la exactitud con que ignoraba mis raciones, el oso no consiguió debilitarme. Logré tal capacidad de adhesión a la pared, que su hocico sólo conseguía soplarme un vaho fétido y caliente, y sus uñas apenas rozaban los vellos de mi vientre. De esa forma podía lograr la aniquilación de mi adversario, pero en la medida en que él se iba consumiendo en su rincón, la aterradora idea de la absoluta soledad se iba acrecentando en mi conciencia. Recapacité: preferí que cada cierto tiempo el oso me rayara con su zarpa, y mantuvimos así un precario balance sobre el hilo de la vida. A veces caía del techo una lluvia densa, como si se hubieran abierto las puertas del celeste. La lluvia arrastraba el sudor de nuestros cuerpos y se llevaba en su viaje nuestros ácidos olores a través de un orificio de ocasión. El agua era fría en extremo, y ambos, el oso y yo, permanecíamos temblando hasta que el cielo se cerraba y el calor de la celda nos devolvía los sudores. Entonces mi oponente dormitaba y yo solía desplazarme en mi celda o sentarme sobre el piso con entera libertad. Si el oso movía la cabeza, yo me incorporaba, reflejo asimilado a fuerza de repetirlo… Así, hasta que mi rival terminó inmóvil en el tiempo, como una masa inerte. En mi infinita curiosidad llegué a rozarle la mandíbula, a palpar su rostro enmarañado. Yo también debía estar indescifrable. Mis ropas eran jirones que colgaban como estalactitas de fieltro. La barba me había crecido hasta el pecho y el bigote me cubría parte de la boca. Mis uñas, lejos de doblarse o de partirse, habían adquirido una rígida dureza. Una mañana sentí ruidos de puertas, de candados, de fierros que crujían contra fierros. Eran los carceleros que se llevaban a mi oso, arrastrando el peso muerto de su cuerpo. Todavía conservaba los restos de una faja alrededor de su cintura parecidos al cuero de una cinta. Con su partida se aclaró el ambiente de la celda, como si un aire blanco de sabana hubiera perforado este círculo implacable. Pero apenas he podido disfrutar los metros circulares de mi encierro. Suele durar poco el bienestar del encerrado. Hace tiempo que no recibo ningún tipo de alimento. He sufrido de vértigos continuos y de una vaga sensación que no termina de girar. La celda se estira hacia el cielo como una goma interminable en cuyo final hay muchos rostros que me miran. De nuevo suenan las puertas y los fierros. Algo así como una masa tierna y delicada me examina, con inusitado terror en su mirada. Nos mantenemos a distancia durante un tiempo que parece ser la eternidad, mirándonos a los ojos hasta que la ventana se abre, y la comida inunda de olores el recinto. Algo se dispara en mí. Doy un salto en busca del sustento, pero una fuerza inesperada me sacude, y caigo al suelo. Siento un tirón en el cuello, algo tenaz, y palpo el metal que me retiene. Mi rival, pegado a la pared, se desplaza hacia el sitio donde están mis alimentos, pero no siento el más mínimo rencor. Me acerco a él casi hasta tocarlo, hasta donde lo permite mi atadura. Huele a aire manso de hierbas y de flores, de abierta y esencial naturaleza, pero él me esquiva y se me aleja, circulando la piedra, receloso de mis buenas intenciones.


6.26.2008

FM: decadencia y caída

Para aquellos que crecimos con las antenas viradas hacia el norte, sobre todo en los efusivos ochenta, rastreando las amplitudes y frecuencias moduladas de la radio, la audición ha terminado. El rock clásico ha ido envejeciendo con nosotros. Cuestión de tiempo, como caducaron los oldies goldies y ahora la música alternativa, que se ha disuelto en monotonías y loops cada vez más previsibles.

Las pocas emisoras norteamericanas de oldies que sobreviven se han instalado en las regiones menos populosas, donde no queda otro remedio que acatar lo que dictan las viejas generaciones, empeñadas en asociar melopeas con vivencias. Las grandes ciudades se han ido deshaciendo de la música inconveniente de los setenta y ochenta, cargadas de letras barrocas, melodías enrevesadas, solos de una guitarra líder que ya les resulta anacrónica. Para las congestiones de tráfico, mejor un rítmico palpitar que las distracciones que emanan del virtuosismo.

Es nuestra música, que hoy se pudiera confundir con los mejores momentos del pop y del funk. Sólo nosotros sabemos las diferencias. Cuánto de disco hay en Steely Dan y cuánto de rock en Prince, qué sensiblería encierran ciertas digresiones de Eagles y cuánta epicidad en el aire juguetón de Electric Light Orchestra. Por mucho que expliquemos, no lo van a entender: todo les viene siendo lo mismo a estas alturas.

La música de fines de siglo, que se engendró en el cansancio del metal y en la especialización del punk, fue grunge y fue garage band y bubblegum reciclado, rock alternativo como sombrilla de cada una de esas modalidades, y se hizo aliada del rap para poder sobrevivir en la urbe postmoderna. Con el auge de la grabación digital y sus posibilidades, no son de extrañar los collages y mixturas que llegan incluso a interactuar con el “sonido sesenta”. Es la circunferencia que se completa, el retorno de la fórmula que hubo de prevalecer entonces, pero hoy sólo como referente. Los ecos de aquella brillantez a lo Monkees se escuchan hoy en Green Day, traducidos a un mensaje más contemporáneo y casi siempre cínico. Por supuesto, disfrazado con los acordes enérgicos que esconden la tesitura de siempre.

La radio ha tenido que reflejar esa evolución: del rock que llamamos clásico a este híbrido que pudiera tildarse de rock post alternativo. Siguen desapareciendo a ritmo vertiginoso las emisoras locales que dependían de audiencias tradicionalistas. Se acude entonces a la fórmula de una programación ecléctica, que rescata el New Wave y lo enfila con las tendencias rítmicas de los noventa y el nuevo siglo. Se enfatiza en lo actual y se matiza con el pasado reciente. Los cubanos ya sabemos de este tipo de emisoras, que no se especializan en un género determinado, sino que transmiten una variedad que no responde a ningún interés en específico.

Es el último grito de la usanza. Pese a que la idea no despertó inmediata simpatía, se ha ido imponiendo en las grandes ciudades del Norte. Mientras tanto, la radio que conocíamos hasta hace poco sobrevive como caricatura. Ahora le dan el nombre de "Classic Hits": una veintena de compactos, repetidos hasta la idiotez, conforman la fonoteca de estas pobres estaciones. De aquella FM que preferíamos como único fondo posible, con la que buscábamos convivir y distraernos del sonsonete, se ha firmado hace tiempo el certificado de defunción. Nos corresponde ahora afiliarnos al banco supremo, la XM, pagar una cuota mensual por seguir aferrados a un fantasma; o mejor, comenzar nuestra propia colección y contribuir así a la salvación de la industria discográfica.

Aparentemente, serán nuestros hijos quienes se ocupen de renunciar por completo a la dependencia del compacto y a las programaciones dictadas por otros; y conviertan la afición por la música en el proceso de archivarla en files, sin las usuales concatenaciones, sin filiación a un álbum, sin corporeidad que la contenga. Y eso será sólo el comienzo de un proceso aleatorio que conducirá al crisol de mañana: el fárrago supremo.


6.25.2008

¿Reforma urbana?

Algunas reformas (ni urbanas ni agrarias, quiero creer), y la pérdida de cierto bucolismo. Agradezco al ya imprescindible Alexis Romay su ayuda con la transformación, que me aligera ciertas obligaciones técnicas. Perdí, accidente mediante, el contador de visitas, pero he agregado uno visible para las páginas hojeadas, y otro discreto que parte del número que ya había alcanzado. El promedio diario, en los últimos meses, me ha animado a seguir. La foto es reciente y no pretende ilusionar a nadie. Los datos, bien comprimidos.

Ayer conversaba largamente con Romay. Entre otros temas: los anónimos, las polémicas entre bloggers, las peculiaridades de nuestros sitios preferidos. De paso, quiero anotarles que eso de La Finca (nombre un tanto folclórico) se pegó por mi cuenta de correos en Yahoo, y por vivir entonces en una propiedad georgiana, pasto vasto y mansión de evasión. No hay posibilidad de quitarse el elemento campestre de encima. Hay que asumirlo pues.

Los anónimos: constituyen esa franja de animosidad que no debe perderse. No tengo fortuna para atraer anónimos de valía (hablo de los que tratan de fustigarme), pero no ha de esfumarse la esperanza. Uno se desanima cuando comprueba que los enemigos son pocos y que adoptan diferentes máscaras, para fingir variedad. Sin embargo, siguen siendo útiles. Algunos llevan, con mejor o peor fortuna, sus propios blogs.

La reja sigue entreabierta.


De cómo John Lennon se instaló en La Habana luego de abandonar los Beatles, Yoko Ono y su terrenal estilo de vida en New York


Joven de nuevo y lleno de sí mismo
se solea John Lennon en La Habana,
sin Yoko Ono y sin marihuana,
sin Paul McCartney y sin pesimismo.

La necrofilia cultural le ha dado
un lugar en el parque y una muela
que Abel del Gato Prieto y Marïela
—a working class hero— han aprovechado.

Tantos años de sueño y desaliño
dejaron una pátina en su jeta
idealista, jovial, impenetrable.

Más que el Che, que Charlot, que Ronaldinho,
sudó la juventud en camiseta.
Fue psicodélico y recuperable.

(Jorge Salcedo)

6.24.2008

Lennon, len on, len off


Y para no quedar fuera del juego
en esta justa de sonetos, puesto
que soy un caballero, armas apresto
y caliento las manos en el fuego.

Algunos pocos conocidos dicen
que más que bronce, yeso merecías
por sustentar las burdas utopías
del reino
cruel que todos hoy maldicen.

De regreso a la tierra donde empieza
esta historia de absurdo reciclaje
las piernas de cartón, de hierba el traje

le diseñara, hielo en la cabeza,
de zanahoria
la nariz y el ojo: veinte
para no precisar ponerle lente.

(Heriberto Hernández)

Estrofas a una estatua

.

Plegaria al hombre del parque

Lennon nuestro que estás allá en La Habana
—capital de todas las prohibiciones,
donde antaño vetaban tus canciones
por hippie, drogadicto, tarambana—,

no sufras una embolia al enterarte
que ahora eres bienvenido en el concierto.
Ya le darán tu nombre a un aeropuerto
y te diseñarán un estandarte.

Sentado en el banquillo de la Historia
de un parque del profético Vedado
recibes a la lluvia y al sereno.

El tiempo pasará, como la euforia.
Tus canciones: vestigios del pasado.
Tus verdugos: gozando de lo bueno.

(Bustrófedon: Alexis Romay)

(...)

Bustrófedon, dale paz al difunto.
Imagínate al hombre realizado.
Llegó a donde se había imaginado
y armoniza muy bien con el conjunto.

La hermandad que pedía está en su punto:
sin propiedad, sin dioses, sin pasado,
todo el mundo viviendo para el sábado,
tus gafas son mis gafas, tus asuntos

son mis asuntos, aquí no hay secreto
ni paraíso al doblar de la esquina
—a menos que eso sea una mulata.

La paz es con nosotros de concreto,
pero imagina, Lennon, imagina
un tiro, un patria o muerte y una estatua.

(Jorge Salcedo)

El tipo de las gafas

Si escasa nunca estuvo la estatuaria
en nuestra crepitante hagiografía,
fue grato comprobar que ya existía
espacio para un alma estrafalaria.

El bronce sirve más que la hojalata
para tan oportuno reciclaje:
ayer fue represión, y hoy homenaje
que redime a la cúpula insensata.

Al tipo de las gafas llega el odio
cuando duermen confiados sus custodios.
Imagine: que ese mundo de ilusión

no lo pueblen sagrados monigotes
ni acechen artefactos de alambrón
ni exista, como precio, el chapapote.

(Manuel Sosa)

6.22.2008

¿Lennon de quién?

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Lo sentaron en un banco de su propio parque en El Vedado, estatua de dimensiones naturales como se acostumbra hoy día, para reconciliarlo con una larga lista de desavenencias, aparentemente resueltas ya por gracia de ese agasajo en bronce. El escultor del proyecto, José Villa Soberón, tuvo que haber sentido una cosquilla especial, siendo su obra el punto más visible de la reciente conciliación entre materia difícil de tratar y cúpula hermética. La segunda, representada por hombres de uniforme y sus asesores culturales, asistió al develamiento. El concepto que se desprendía de todo aquello minimizaba la propia figura del tipo de las gafas, un John Lennon por fin habanero, que lo observaba todo con ojo divertido.

Y el concepto no podía ser otro que éste: pese a que los capítulos iniciales del Proyecto estaban emborronados por las acciones defensivas de su cúpula, otro latente volumen se estaba escribiendo desde las sombras, con la aparente intención de abjurar de los tropiezos del pasado. Era más fácil reconocer fallas de estructuración que desecharlo todo y ceder el turno a la otra, siempre acechante, perspectiva. Una vez encarados y asimilados los temas de la religiosidad, la homosexualidad, cierta disidencia light, qué mejor figura para representar la reconciliación con los otrora tabúes: la música rock, los ídolos anglosajones, la irreverencia (y la distorsión) que representaban.

Es sabido que los cubanos que habitualmente logran apartarse del tumulto: intelectuales, profesionales, gentes que trasiegan con la imagen, los de insaciable avidez, son propensos a romper el contexto romanista y sacar a relucir algún pespunte forastero. No tiene que ser un tema, pero sí un título, una cita, un verso donde se mencione algún grupo legendario. No todos saben de lo que hablan o entienden a cabalidad esos epígrafes que encabezan sus cuentos o sus cuadernos, pero sientan bien, cuadran como efecto o vistosidad.

Si se trata del recurso Beatles, la profusión es desconcertante; llega incluso a tocar las almas conservadoras; es la licencia ulterior, donde todas las facciones se ponen de acuerdo. Pudiera compilarse una antología del tema, o más bien, del saqueo del tema y su abaratamiento.

Se habla siempre del Lennon pacifista, del renovador, del Lennon atravesado en el orden de las cosas. Le citan y graban a cincel versos como “You may say I’m a dreamer, but I’m not the only one…” Se acude a sus problemas con el Servicio de Inmigración estadounidense y al hecho de tener un abultado expediente en el edificio Edgar J. Hoover. Porque este Lennon les importa tanto que apartan todo lo demás: su verdadera naturaleza.

Pese a la larguísima lista de fruslerías, las que cometió porque sí o por inducción de su segunda esposa, no se debe olvidar que John Winston Lennon cambió (ayudado por otros, incluyendo a sus colegas de Liverpool) el curso de la música popular contemporánea. Introdujo con sus letras un escepticismo que superaba al de otros autores de la tradición (el blues es un escepticismo que pasa por lamento) y lo llevó a la otra orilla. O sea, pudo comenzar con palabras tan sintomáticas como "loser" (que tan cara ha resultado a las generaciones musicales posteriores) y terminar en medio del surrealismo más copioso. Lennon sirvió de referencia a cada letrista que quiso ser escuchado sobre los acordes. Sus mejores extravagancias se dieron en el estudio de grabación, captando distorsiones, creándolas, extrayendo lo imposible de una pista, experimentando con la voz y los arreglos, con sonidos ambientales, con ciertos instrumentos que hasta entonces tenían acceso vedado a una producción pop. Poseedor de un genial sentido del humor, lo reflejó en las canciones, en la concepción de los álbumes. Supo contrarrestar la enorme vanidad musical de McCartney (y su desmedido optimismo) y acoger y usar lo mejor de los músicos de fondo que eran Harrison y Ringo Starr.

Pese a que es lugar común citar la influencia de Yoko Ono como causa de sus tropiezos, no está de más reconocer que así mismo fue, al pie de la letra: la japonesa lo deslumbró y lo usó para sus propósitos diletantes. Lennon aceptó su juego, hastiado de todos modos del fardo beatleriano. La ruptura del grupo ya estaba marcada desde la muerte de Brian Epstein, o quizás desde que comprobaron la imposibilidad de vivir siendo el foco del mundo. La impronta de Yoko le resultó negativa tanto en lo musical como en su propia imagen de hombre inclasificable. Quiero aclarar que Lennon, posiblemente, hubiera varado en la vecindad de ciertas actitudes políticas y estéticas que afloraron con la japonesa, pero las enfatizó hasta la ridiculez gracias a ella. Ejemplos son: Revolution number nine, sus discos iniciales como solista, sus campañas propagandísticas de concepción infantil, su pose desnuda en una cubierta, sus protestas “en cama”, el bagism. Es una lástima que uno de los grandes cínicos de la música moderna haya escrito himnos fáciles como Imagine y Give peace a chance; que el entusiasmo le hiciese concebir álbumes de pésima calidad y marcados por ese diletantismo disfrazado de avant garde.

Ese es el Lennon que se pretende vindicar en ciertos círculos. Un hombre comprometido con la justicia social, un cantor que daba voz al obrero, un sujeto peligroso para el monopolio y el capital. Ahí no cabe el otro, el desgarrador, el agorero, el fumador de marihuana, el que contradecía a todo lo que oliese a censura y poder. El genio musical cuyas mejores piezas no les son necesarias a la hagiografía populista. Por eso, porque esa primera faceta le hace utilizable y utilitario, no cabe en una estatua que ocasionalmente es retocada con alambrón. Por eso no cabe en una figura que manos anónimas mutilan, por no callar del todo.

6.20.2008

Lorenzo García Vega: lo cubano en el reverso

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No es por hurgar en las antípodas del revalorizado (porque hasta hace unos pocos años era sólo bendecido) título de Vitier, ni por usar de referente el asunto del Reverso, que leí hace algún tiempo en Cubista por medio de un lúcido ensayo de Pablo de Cuba Soria, que quiero hablar del símbolo García Vega y encabezarlo con conceptos tan rotundos. De su propia pluma vino: “Pero es que no sólo existía lo cubano en la poesía, sino lo cubano en el reverso, y lo cubano en lo grotesco”. Porque se ha tenido que volver a examinar la encíclica donde se daba cuenta del precio y el número de las adquisiciones para el reino. Una herejía como apéndice olvidado, al final del corpus, el margen donde alguien hubo de anotar su disensión. Eso fue lo que encontraron los que pretendían cerrar el caso y enterrarlo en una cápsula de tiempo. Cuando nadie lo esperaba, García Vega alzó la mano y dijo: “Falta una página”. A esa hora, cuando los estudios creían haberle exprimido todo el zumo a la naranja teleológica y vindicadora. A esa hora.

Dos maneras se tienen de reciprocar la visión de este raro origenista (y la etiqueta es un apelativo que ya se le aplica por inertia cubensis):

1) La que busca un equilibrio, la que se debate entre el asentimiento y la incomodidad, la que trata de compensar las obras posteriores con su poesía (todos los desencuentros se aplacan en el aparente tono neutral de los versos, sea quien sea el poeta) y con su otrora membresía e inevitable dependencia del grupo Orígenes. Dependencia o desprendimiento, si acaso derivación como envés. Es interesante descubrir que esta manera acomoda a la oficialidad cultural cubana, pero también a quienes desde sus exilios veneran el phenomenon origenista y a la vez simpatizan con el Lorenzo viejo, recogido, que llora o gesticula en versículos y collages, el Lorenzo náufrago y que aún no termina de ser rescatado. Otra anotación sintomática de esa ambigüedad: muchos críticos mencionan Los años de Orígenes y sus consecuencias negativas (en lo personal) para el autor, pero no dan su propia valoración del libro en sí.

2) La que le tiende una alfombra y se convierte en cohorte, la que le copia, la que le celebra sus arbitrariedades con un silencio novicial. En una entrevista, García Vega dice que nunca vió a Piñera; en otra , que lo vió dos veces y que llegaron a cruzar algunas palabras. O la matraca de Playa Albina por la tarde y Playa Albina por la mañana. Son ejemplos quizás traídos por los pelos, pero que demuestran lo que puede la elocuencia del maestro contra la mudez de los discípulos; esto es, cuando el coro no pone en entredicho al que lleva la oscilante batuta. Sin embargo, se debe reconocer que esos deudores rescataron del olvido total a un clásico de las letras contemporáneas. Le rescataron y le dieron actualidad y continuidad. Sólo después de asumir al autor de Vilis se puede asumir lo mejor de Diásporas(s), que para los perplejos sigue siendo una resurrección vanguardista. No quisiera dejarlo en “mudez”, ni tildar de prosélitos a un grupo de escritores que se identifican con un genio de la fragmentación como expresión. Pues entran otros factores comprensibles: García Vega no es la típica referencia, es un autor difícil con una personalidad difícil (si hubiese que pormenorizarle), es un monumento a la revocación, es la Revocación misma.

Si otra manera hubiese, ya quisiéramos sumarnos a ella y no describirla. Recojo estos apuntes dispersos como soporte de una posible tesis:

-La magia de su obra es esa sensación de rompecabezas incompleto; la certeza de que nunca encontraremos el resto de las piezas. Esa incompletez, mientras no sea producto de la indiferencia, o del prejuicio político, o de la admiración ciega que no deja incorporar cargas negativas, es lo que sustenta su validez de escritor. El día que se publiquen sus “Obras Completas”, este García Vega se enamorará del estante y se convertirá en otra asignatura del Programa de Estudios.

-Su inaccesibilidad (y agrego: falta de disponibilidad) es su mejor atributo. Las masas no se merecen a un autor tan inquietante. No es pedir que decrezca su infujo, sino que se le pueda preservar como límite, como marca de insubordinación. Que haberlo descubierto no se convierta en hacerlo conveniente.

-García Vega debe ser la evidencia postrera de lo cubano en el reverso, volviendo a su terminología. El último clásico de una lista donde le acompañan José Jacinto Milanés, Virgilio Piñera, Reynaldo Arenas, Heberto Padilla, Ángel Escobar. Al tenerse la certeza de que ya la hora de los clásicos ha pasado, de que nuestra literatura será de ahora en lo adelante un semillero de pequeños triunfos, se le debe una reverencia profunda. Tómese en cuenta que va a ser la última reverencia que hagamos.

Nada más ajeno a lo grotesco que su obra y memoria. Él habrá querido adjudicarse esa carga, para completar el espectro que abarca el oficio de perder. Pero sus cáusticas salidas, el martilleo de la repetición, las fricciones del collage, sus punzantes dardos son indicio de otra cualidad: ser la verticalidad dentro del mapa horizontal (consultar, como analogía, el Retrato de A. Hooper y su esposa, de C.A. Aguilera; libro como aguja que traspasó el territorio Nominal de la poesía en la isla). García Vega, como se ha dicho, nunca ha dejado de aguar las fiestas. Cuando ha dicho más de la cuenta, cuando ha dicho lo justo, cuando ha enumerado sus muchos desencuentros. Sin cambiar de estilo, insistente hasta lo insoportable, le ha dado rostro al Reverso como opción a la dulzura de las fundaciones. Y eso basta para resguardarle como escritor.

6.19.2008

Oficios de poeta


Poesía y rentabilidad, siendo disyuntivas, no han de anularse en la vida pública del poeta. Si a Chaucer enviaban un tonel diario de vino, entre otras compensaciones, se resiste a ser provista la mesa contemporánea, o rociada siquiera, por el equivalente numismático de una estrofa. Así ocurre en el mundo real, donde el escritor despierta cuando acaba de dormirse el corregidor.

Fortuna de haber vivido la poesía, de haberla respirado en nuestro ducado irreal, en nuestra isla a la deriva. Tropezar con metáforas al entrar y salir, al unirse a la fila larguísima, al extender la mano para recibir los papeles nominales que fueron piezas de plata. La poesía aguardaba en cada resquicio.

Pues la isla no pudo contener tanto versar diligente: el sistema de distribución nos pulió, nos editó, nos distribuyó por doquier. Allí ejercíamos el oficio a nosotros asignado. Por el día, mostrar la cara utilitaria. Por la noche escribir a gusto, leer las ediciones baratas de Huracán, tomar notas, fumar y meditar sobre el Ser. Recuerdo mi época de carbonero, de músico de cabaret, de profesor de Fonética, de traductor traicionando al verbo. Poeta o buhonero, daba igual en un país estremecido por el incesante conteo de sílabas y el pase de lista antes del noticiero.

Tanta poesía llegaba a ser virtuosismo cuando invadía el propio almuerzo: cada ración era medida con ojo (y oído) preceptivo. Cualquier dispensador sabía contar, y respirar en yambos. Se partían hemistiquios como se seccionaba la guayaba, fruta ahora admitida en el banco lexical de los talleres literarios. Todos queríamos ser asesores de algo, y posponer las tesis para cuando viniera gente de la provincia, a podar desaciertos y reciclar la hojarasca.

Tanta poesía sigue generando confianza y accesos. Si un cirujano puede quedarse corto al intentar sus alejandrinos, es muestra de que todavía persisten ciertas claves esotéricas. Un torso pulido a fuerza de concreción no es marca negativa ni augurio pesaroso: puede ejemplificar los factores utilitarios de la imagen. Tanta poesía genera entendimiento, donde todos se comunican sin esfuerzo, versificando con los actos habituales.

Oficios de poeta sí que retengo, para enumerar a gusto: enterrador, camionero, sicometrista, almacenero, guarda nocturno, pistero, acomodador de cine. Poetas en bicicleta, en guagua, a galope tendido por los campos; poetas recogiendo colillas y galletas tostadas por el sol; poetas destilando azúcar podrida, guataqueando arroz. Son la marca que llevó nuestra generación, caracol o matul a cuestas. Nuestro legado ha sido un hilo de baba, serpeando, bordeando la sima. Ha sido el esmero y la agudeza de saber manifestarnos, en obra y mano de obra, en talleres fraternos y literarios.

Haber dejado la isla nos apartó de la antología que vienen preparando a nuestras espaldas : antología del acceso y el suceso; la que ha de probar que todo oficio conduce al verbo, y que nosotros, ausentes y servidores de un único patrón, no merecemos conjurarle.

6.17.2008

El Premio UNEAC "Julián del Casal" de poesía


Hermano mayor del Premio David, el Premio UNEAC "Julián del Casal" de poesía ha tenido buenas y malas épocas. Su primera edición, en 1967, galardonó a Manuel Díaz Martínez por Vivir es eso. La segunda edición (la más renombrada de todas) premió a Heberto Padilla por Fuera del juego. Estas dos primeras convocatorias fueron las únicas en que participaron jurados de otros países. A partir de entonces, gracias al escándalo que propiciaron los libros de Padilla y Arrufat (en teatro este último), se limitaron a usar el cuerpo de autores locales como jueces y tasadores.

Vale la pena detenerse en el hecho de que Lezama Lima y Díaz Martínez, los dos cubanos del jurado de cinco miembros en ese año, no cedieron a las presiones y dieron su voto a Padilla, cargando con las consecuencias que traía semejante desacato. Fue una demostración de valentía y probidad intelectual que se sigue echando de menos, siendo los certámenes oficialistas un medio donde a menudo ha imperado la conveniencia y connivencia. El concurso siguió su destino, menos recargado de expectativas, y al año siguiente reparó en un autor menor e infeliz, llamado José Martínez Matos. Su libro se titulaba, pacíficamente, Los oficios.

A lo largo de los setenta, la grisura del entorno se aposentó en los cuadernos galardonados que siguieron. Algunos autores, habiendo logrado el escalón que antecedía (el Premio David) ya podían adjudicarse el umbral: Raúl Rivero, Minerva Salado. Luego una mezcla de poetas consagrados y otros que atisbaban sobre el vergel: Carlos Martí, Francisco de Oraá, Adolfo Martí. Los ochenta irrumpieron con Reina María Rodríguez y su Cuando una mujer no duerme, para proseguir con obras más pretenciosas y que afilaban el plectro de la segunda generación de la revolución.

En 1985 se dió un caso curioso, cuando se premiaron tres libros a la vez: Animal civil de Raúl Hernández Novás, El pasado del cielo de Ramón Fernández-Larrea, y Casa de madera azul de Sigifredo Alvarez Conesa. Los dos primeros mostraron uno de los grandes momentos de la poesía cubana de fin de siglo. Creo que el lustro que iniciaron esos libros y que culminó Los pájaros escritos de Juan Carlos Flores (Premio David 1990), fue el más afortunado en cuanto a galardones nacionales se refiere. Fue un momento de verdadera especialización, de oleada poética alcanzando su máxima amplitud.

A partir de 1996, intencionalmente o no, se comenzó a recompensar el fruto ochentista, pues fueron autores de esa generación quienes fueron recibiendo premio tras premio. Deuda así pagada con el laurel de la consagración, esos jóvenes que cambiaron nuestra lírica de compromiso, y la hicieron solemne, ensimismada, pletórica en concepto, vieron sus nombres en cada acta que se leyó por entonces: Carlos A. Alfonso, Sigfredo Ariel, Nelson Simón, Pedro Marqués de Armas, Juan Carlos Flores, Víctor Fowler. Fue otro buen momento, sin dudas.

El destino del Premio "Julián del Casal" se ha hecho imprevisible, al convocarse otra nueva liza: el "Nicolás Guillén", que pretende manifestar su preponderancia en todo el territorio insular y ser tenido como el premio mayor a que pueda aspirar un vate criollo (y que resida dentro de sus fronteras). Toca al exilio, desde hace tiempo, crear concursos que incluyan a todos los autores cubanos, estén donde estén, para de alguna manera gratificarnos y gratificar a la nación. Existen los antecedentes de los concursos "Eugenio Florit" y "Gastón Baquero", que vieron acortadas sus existencias no bien lograron dar un primer paso. No todo puede ser muerte prematura, camino bloqueado, puerta que nos golpea el rostro. Alguien tiene que rasgar el velo, y hacerlo pronto.

Algunos premios UNEAC

1967=Manuel Díaz Martínez: Vivir es eso
1968=Heberto Padilla: Fuera del juego
1969=José Martínez Matos: Los oficios
1972=Raúl Rivero: Poesía sobre la tierra
1973=Minerva Salado: Tema sobre un paseo
1975=Carlos Martí Brenes: El hombre que somos
1978=Francisco de Oraá: Ciudad ciudad
1979=Adolfo Martí Fuentes: Puntos cardinales
1980=Reina María Rodríguez: Cuando una mujer no duerme
1981=Alex Fleites: A dos espacios
1985=Raúl Hernández Novás: Animal civil
....=Ramón Fernández Larrea: El pasado del cielo
....=Sigifredo Álvarez Conesa: Casa de madera azul
1987=Yoel Mesa Falcón: El día pródigo
....=León de la Hoz: Los pies del invisible
1989=María Elena Cruz Varela: Hija de Eva
1993=Reina María Rodríguez: Páramos
1996=Carlos A. Alfonso: Cabeza abajo
1998=Sigfredo Ariel: Hotel Central
2000=Nelson Simón: A la sombra de los muchachos en flor
2001=Pedro Marqués de Armas: Cabezas
2002=Juan Carlos Flores: Distintos modos de cavar un túnel
2003=Víctor Fowler: El maquinista de Auschwitz
2005=Sigfredo Ariel: Born in Santa Clara

6.16.2008

A quien me escribe anónimos


Anónima la piedra que se lanza
aprovechando la furtiva sombra;
anónimo el puñal que nadie nombra
ni descubre al azar su gris semblanza.

Anónimo, bien sabes esperarme
y medir cada paso de mi hastío;
silueta a contraluz, sitial vacío
que ya casi empieza a fustigarme.

Anónimo, seudónimo, mil ecos
dieron vida a las máscaras que eres;
nos cobras viejas deudas cuando hieres

tus propias ilusiones, cauces secos.
Anónimo, en tu nómina me incluyo:
anónimo también fue el padre tuyo.

(Publicado originalmente en Belascoaín y Neptuno)

Los Premios David de poesía

Los Premios David de poesía se convocaron a partir de 1967, el mismo año en que comenzaron los Premios UNEAC. De sus bases, las más significativa era aquella que ponía como condición la ineditez del autor; o sea, el poeta no podía haber publicado un libro integral en el género. También limitaba la edad del concursante a los 35 años. Todo esto suponía que el premio buscaba talento joven, y le otorgaba una cualidad de antesala a premios mayores. Estaba implícita la premisa de probar fortuna en el David, para luego hacerlo en el UNEAC.

Pese a tener ribetes de concurso iniciático, y estar sometido a las arbitrariedades comunes de ese tipo de eventos, todo poeta quería ceñirse la tiara del premio. Fueron Luis Rogelio Nogueras y Lina de Feria quienes compartieron el primero de todos, con sus cuadernos Cabeza de zanahoria y Casa que no existía, respectivamente. Ambos autores son un referente obligado para quienes estudian la poesía cubana de finales de siglo. Nogueras, cuyo ingenio le salvaba de que se reparase en sus descosidos, llegó a ser el prototipo de intelectual avizor, cuya vida fue truncada justo cuando se aposentaba en la madurez creativa. Lina de Feria, en cambio, tuvo un camino azaroso, silencioso. Su libro fue atacado por críticos como Guillermo Rodríguez Rivera, que la acusaban de no beber de la realidad como correspondía a un creador de aquella época, que repelía el esplendor del mundo optimista que la rodeaba. Imagínese que a un poeta se le acusara de pesimismo. Era como acusar a un aviador de amar las alturas.

Mucho se ha hablado y escrito sobre la segunda edición del David en aquel centelleante 1968. Baste decir que el laureado Lenguaje de mudos, del holguinero Delfín Prats, fue censurado y no llegó a ver la luz. Los temas que trataba (o la manera en que hablaba el autor desde su poética) no se atenían a la pulcritud y compromiso social que se pedía al arte de turno. Ignoro si la decisión de vetar el libro vino después de los premios a Padilla y Arrufat, en el UNEAC, cuando comenzó a recelarse de los mensajes y las claves en ciertos autores sospechosos.

A partir de entonces se dió preferencia a un tipo de libros que reflejasen au naturel la realidad de la nación. Poesía y fotogramas, consignas y pancartas, lenguaje directo y sin remilgos. El título del cuaderno primicial de Raúl Rivero, Papel de hombre, lo decía todo. Seguirían libros de Minerva Salado, Osvaldo Navarro, Norberto Codina. Destaca el premio de 1972, A párrafo francés, del narrador espirituano Julio Crespo, por su pésima calidad literaria. Este autor, quien pudo entonces encontrar su flauta en el pasto y pasó de largo sin soplarla, jamás volvería a escribir un verso en toda su vida.

Otro libro peculiar fue Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia, del villaclareño Félix Luis Viera, por cuanto su nombre ha sido desde entonces asociado a la narrativa. Pasarían dos décadas hasta que volviese a publicar sus versos, de una inmediatez ajena a cualquier retórica o corriente. En 1977, un jovencísimo Angel Escobar se dió a conocer con Viejas palabras de uso, libro ingenuo que no anticipaba la tormenta de nervios que vendría después.

A principios de los noventa, inmerso a tiempo completo en la biblioteca de Sancti Spiritus, me dediqué a acopiar datos sobre los premios literarios nacionales, y elaboré un listado (que perdí y ya no podré recuperar) que pormenorizaba fichas de libros y autores. Entre ellos, un cuadernillo me llamó la atención. El autor me resultaba totalmente desconocido: Andrés Reynaldo. El libro, premio David de 1978, se titulaba Escrito a los veinte años. Enseguida comprendí que me encontraba ante un autor de la lista negra que en toda biblioteca ocupaba un estante especial, sin acceso directo al público. Como nadie sabía quién era, lo habían dejado afuera, en un estante regular. El librillo y yo establecimos una especie de complicidad (yo le escondía entre libros raramente consultados) y allí debe permanecer aún, como un ejemplar misterioso.

Luego seguiría un número de autores, representativos de la segunda generación del Caimán, que fueron obteniendo el ya codiciado premio; libros que registraban el inicio de un cambio en la expresión, reaccionando a la poética plana que hasta entonces se requería para ser tomado en cuenta. Eran ellos: Marilyn Bobes, Osvaldo Sánchez, Efraín Rodríguez Santana, José Pérez Olivares, León de la Hoz. El libro de Osvaldo Sánchez, Matar al último venado, premiado en 1981, todavía se considera un estandarte de libertad formal y expresiva, con poemas como Declaración político familiar, donde se resolvían temas neurálgicos (el éxodo, la separación) de un modo grácil y conmovedor a la vez. El libro, por cierto, ha envejecido sobremanera, como tantos otros de aquellos años.

Se cuenta de autores que bien hubieran merecido el premio, sin jamás obtenerlo. Ramón Fernández-Larrea logró un par de menciones con un libro que luego alcanzaría el UNEAC, tras hacerle leves cambios. Arístides Vega Chapú y Reynaldo García Blanco estuvieron cerca, pero se quedaron también en accésits. Mi generación leyó con avidez los libros premiados de Sigfredo Ariel y Carlos Augusto Alfonso, de Frank Abel Dopico y Alberto Rodríguez Tosca, este último con su magnífico Todas las jaurías del rey, que fue imitado y estudiado hasta la saciedad (incluyendo a quien esto escribe).

El concurso ha seguido con sus altibajos, sobreviviendo a duras penas la crisis de papel en los noventa, y ha reconocido autores que por lo general continúan escribiendo y publicando poesía con buena fortuna. Termino con una lista que pudiera contener inexactitudes. Creo recordar dos o tres ocasiones en que el premio fue declarado desierto. Además, en los noventa fue convocado de manera irregular, alternando con otros géneros, para ahorrar papel. Agradezco al poeta Heriberto Hernández su ayuda y su memoria. Esperamos que la lista pueda servir a quienes, como nosotros, gustan de mantener archivos y referencias útiles.

Relación de Premios David de poesía:

1967=Luis Rogelio Nogueras: Cabeza de zanahoria
……..=Lina de Feria: Casa que no existía
1968=Delfín Prats: Lenguaje de mudos
1969=Raúl Rivero: Papel de hombre
1971=Minerva Salado: Al cierre
1972=Julio Crespo Francisco: A párrafo francés
1973=Osvaldo Navarro: De regreso a la tierra
1974=Norberto Codina: A este tiempo llamarán antiguo
1975=Luis Lorente: Las puertas y los pasos
1976=Félix Luis Viera: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia
1977=Ángel Escobar: Viejas palabras de uso
1978=Andrés Reynaldo: Escrito a los veinte años
1979=Marilyn Bobes: La aguja en el pajar
1981=Osvaldo Sánchez: Matar al último venado
.......=Víctor Rodríguez Núñez: Con raro olor a mundo
1982=Efraín Rodríguez Santana: El zig zag y la flecha
……..=José Pérez Olivares: Papeles personales
1984=León de la Hoz: La cara en la moneda
1986=Sigfredo Ariel: Algunos pocos conocidos
……..=Carlos A. Alfonso: El segundo aire
1987=Alberto Rodríguez Tosca: Todas las jaurías del rey
……..=Alfonso Quiñones: Cuarto alquilado
1988=Frank Abel Dopico: El correo de la noche
1989=Heriberto Hernández: Discurso en la montaña de los muertos
.......=María Elena Hernández: Donde se cuenta que el mundo es una esfera que Dios hace girar sobre un pingüino ebrio
1990=Juan Carlos Flores: Los pájaros escritos
1991=Jesús David Curbelo: Salvado por la danza
..……=Juan Carlos Valls: Los animales del corazón
…..…=Manuel Sosa: Utopías del Reino
1995=Norberto Marrero: Los inmaculados pájaros del socorro
.......=Gerardo Fernández Fé: Las palabras pedestres
.......=C.A. Aguilera: Retrato de A. Hooper y su esposa
1997=Ismael González Castañer: Mercados verdaderos
1998=Rafael Díaz Pérez: Eclipse o el precio de la luz
1999=Aymara Aymerich: in útero
2000=Julia Cabalé: Ceremonia del tacto
2005=Michel Trujillo González: Cántico de las islas penúltimas
2006=Oscar Cruz Pérez: Los malos inquilinos
2007=Yanelis Encinosa Cabrera: Del diario de Eva y otras prehistorias
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6.15.2008

27: the man with the hat


Por Alcides Herrera

I
“Gracias por el dinero –decía el mensaje-: en realidad me regalaste una pistola, algunas balas, pum!” Cerró de un tirón la computadora, como si pudiera espantar la visión. Se echó para atrás en el sofá nuevo y por primera vez se acostumbró a él. Se sentía protegida por el mueble, que hasta tenía brazos para rodearla. No había nada en su cabeza, sólo la idea de una caída, pero su corazón iba a mil y el llanto brotó de su garganta. Gritó y las paredes vacías del apartamento le devolvieron la voz, atenuada. Corrió para el baño y empezó a lavarse la cara como lo hacía él: sin conciencia del tiempo. En el espejo veía a una desconocida con ojos de haber sufrido mucho, en el pasado y ahora. “Dios, ¿es mi culpa?”, le preguntó varias veces a la imagen, que lo único que hizo fue repetir sus palabras uno o dos compases después. Se vistió a la carrera, metió algunas cosas en un bolso y salió para el aeropuerto. Las nubes le dieron tranquilidad, la sensación de que si su vida, ella entera, estaba en peligro, a miles de pies de la realidad, los demás sufrimientos no importaban tanto. Aterrizó, en todos los sentidos posibles, una hora y pico más tarde, y su corazón volvió a recordarle que allí seguía.

II
Los taxis son baratos en esa ciudad, imitan el estilo y los precios de New York. Le resultó agradable reparar en ello, una especie de alivio. No conocía la dirección exacta pero recordaba cómo llegar. Le dio instrucciones al taxista y éste las siguió al pie de la letra, indiferente. A los quince minutos empezó a ver las putas de la Hillsborough y supo que ya estaba en la zona. “Doble ahí”, le gritó al hombre. Las gomas aullaron y al menos cinco aves del crepúsculo echaron a volar rumbo a su devoción, un sol fúnebre y rojo. Pagó y se encaminó al trailer, en cuyo interior brillaba una bombilla. Le dio un empujón a la puerta y se lo encontró a él, sonriente, como si la estuviera esperando, con una sartén en la mano y un salmón grande; al fondo, sobre una mesita, dos botellas de Concha y Toro -una empezada. Lo halló bonito, olía bien y todo parecía en orden. Vio la pistola en el sofá sin brazos y se asutó. “¿Estás loco o qué?” El la agarró y la sentó en su única silla. “Cálmate –le dijo-: descompleté el dinero con el vino y este pescado; también compré enfori... Cuando llegué con la persona, no me alcanzó ni para una bala.” Pasaron la mejor noche del mundo, pues no recordaron el pasado ni pusieron sus mentes en el futuro; sólo bum! bum! y umbrales fuertes: amor, energía, dolor curativo. En la mañana ella tomó un avión de regreso, después de pactar que no se verían nunca más y que él no se mataría. Ni ella tampoco.

(Publicado originalmente en Tumiami blog)

6.11.2008

Edmundo García: la noche se relame


Para ser entrevistado por Edmundo García, en su programa “La noche se mueve”, hacen falta los siguientes requisitos: a) ser intelectual reivindicado por el orden existente en la ínsula, b) ser una figura política o cultural que refleje la intransigencia fidelista, c) ser cualquiera de las variantes anteriores y ostentar un proyecto de reformulación de su exilio.

De los primeros hay muchos a entresacar. A saber: Antón Arrufat es el prototipo de escritor borrado por una dictadura que no le comprendió y que luego le redimió, para beneficio mutuo. Historia maravillosa de resistir sin chistar, con la certeza de que Eteocles y Polinices son símbolos inagotables. Edmundo García sabe aprovechar el fabulario y la carga dramática que arrastra gente como Arrufat, que hacen del padecimiento un modus operandi. Edmundo chupa la gangrena y la escupe estéreo.

De los segundos, con un poco de suerte se les encuentra de paso en la ciudad de Eusebio, pues cumplen tantos compromisos internacionales que resulta difícil contactarlos. Para ellos, las preguntas más fuertes, las más punzantes. Silvio Rodríguez y Amaury Pérez, cabezas visibles, han convertido la Justificación en su especialidad. Edmundo se relaja ante ellos, jugando al seguro, como siempre.

De los terceros, aquellos que salieron con maleta definitiva y hoy fabrican una sociedad más justa en el recibidor de sus casas floridianas, ¿qué no decir? Se pudiera recalcar que constituyen minoría, pero ya nada es seguro en estos tiempos. Indamiro Restano, periodista pobre y figura nebulosa, hoy husmea triste el horizonte austral y cala de epítetos a cuanta figura disidente le nombre el anfitrión, que también nos deja saber sus opininiones sobre las preguntas que él mismo formula. La última conversación con Ramón Alejandro, recreador de hortalizas a pincel, sorprende sólo por las altas dosis de intencionalidad y fatuidad de entrevistador y entrevistado, respectivamente.

El denominador de esos diálogos que pretenden contrarrestar el tono incisivo de la radio miamense es su forzada visión de lo alternativo, al seguir repetiendo las consabidas arengas de la orilla opuesta. Descalificar a toda costa, sin que importe el precio. Hacer pasar el castrismo light como un fenómeno incomprendido, como una necesidad ante la voracidad imperial de los Estados Unidos. Edmundo García no sabe insinuarse al respecto, lo que hace más juglaresco su rol de maestresala. Como no puede evitar ciertas preguntas que todo diletantismo pide, se ampara en esa afabilidad que pretende transmitir a su audiencia. Las preguntas difíciles, confío, se las ha de hacer luego, solo ante su espejo, al quitarse el maquillaje.

6.10.2008

curso órfico

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Por Francis Sánchez

…………………………………………….A Antonio y Arzola

La práctica sexual de robar libros
me dio el suplicio para pasar la juventud,
dormirme en costas blancas y hacerme siempre
(al océano
con la ilusión de entrar a un laberinto.

hurgué el lomo diverso de Dios, voces pesadas
y fijas como hojas de inmensas puertas,
sin asirlo, porque alguien vigilaba.
violé sepulcros, raras ediciones
que a través de la ropa, desde cintura abajo,
en el pecho, a la espalda, tornaban a la vida.
florecían helado fragor de las entrañas
y me quitaban la respiración.

sólo ese placer, sólo esa oscura corriente
me hacía naufragar por ciudades utópicas
como Santa Clara, Sancti Spíritus, La Habana.
burlé muros de toda antigua biblioteca.
bruñía en cada templo el amor incestuoso
de las sacerdotisas con sus dioses, la búsqueda
de una verdad callada, viva, amoral y dulce.

pasó la juventud o está pasando.
poco o nada recuerdo el camino en el mar.
creo que leí una parte de mis caudales,
aunque estoy más seguro de haberlos soñado
en los días febriles en que vagué tras ellos.
guardo –sí- certeza de que hubo una caricia
al menos, un dolor infinito, insaciable
como un libro imposible de cerrar.

6.08.2008

El lagar de Dios


Hoy estuve toda la tarde sentado en un funeral.

La muerte de la persona que velábamos, pese a que significaba un gran alivio para su familia, no dejaba de mostrarnos la misma cara de siempre: en la vendimia somos la fruta, y la mano no siempre quiere ser caprichosa.

Yo era el intruso, pero me placía atestiguar reencuentros pactados sobre el mutismo y la causalidad.

Gentes que dejaron todo atrás, alguna vez, y aquí se abrazaban sin manifestar lo consabido: cada cual guarda en otro las estampas más vívidas, los detalles que volverán a dar fe de su verdadera condición.

Se comienza a evocar en el momento de abrir la puerta cerrada hasta entonces. Viene un rostro, y trae consigo una oleada de imágenes.

Somos un pueblo adicto a cavar tumbas prestadas.

Abastecemos el lagar de Dios, destilamos el zumo que quisieron verter hoy, néctar que no saben añejar los escanciadores.

Damos tierra a los muertos de otros porque ni nos enteramos dónde mueren los nuestros.

Eso pensaba yo en el funeral, y el mismo sol que abrasa la tierra que no veré, se hundía rojo detrás de los pinos.

6.05.2008

Recuerdo de Sonia Díaz Corrales

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Hace veinte años andaba yo por las ciudades de Cuba, cargando con un manuscrito de poemas juveniles para leer en la primera ocasión que me brindasen. Recuerdo un encuentro de talleres literarios, el patio de un museo en Cabaiguán, la jovialidad que se respiraba, la atmósfera que generaba la lectura oral. El silencio acomodaba los ademanes, las respiraciones. Casi todos éramos escritores en ciernes, sin libros publicados y con deseos de ilustrar al mundo. Aún no éramos amigos, y en mi caso, conocía de ellos a través del suplemento cultural del periódico. En nuestros textos era fácil reconocer las deudas con Vallejo y Lezama. Había mucho de poetas cubanos de generaciones recientes: Fayad Jamís, Rafael Alcides, Luis Rogelio Nogueras…Cierta epicidad despuntaba en unos, cierto surrealismo tardío en otros. Sin embargo, hubo un momento que nunca he podido olvidar: casi finalizando la ronda de lecturas, presentaron a Sonia Díaz Corrales, pequeña y firme, jovencísima, segura de sí, y allí entre todos leyó su poema con una sinceridad tan espantosa que nos sacudió hasta los cimientos. Nunca había presenciado un acto tan hermoso. Aquella tarde comencé a quererla y leerla. Siempre he guardado una copia de su poema, que transcribo ahora tratando de homenajear aquel instante en que funcionarios, escritores, agentes de la seguridad y empleados de un museo aplaudieron al unísono, imantados por algo que no hubieran podido describir. Gracias, Sonia, aunque tengamos ahora un océano por medio, veinte años más tarde.

YA MÁS NUNCA MÁGICA

Por Sonia Díaz Corrales

Cuando todos nos mirábamos al espejo
y yo era mágica
cuando le daba a cada uno mi brillo
y maldecía de antemano a quien lo perdiera
cuando creía que estaba loquísima
y me llenaba el gorro de guisasos
cuando comíamos y dormíamos la misma siesta
y yo era correcta y no daba gritos
cuando vivíamos felices
y el milagro era yo transparentando mi desnudez
cuando casi no teníamos guerras
cuando nacíamos y moríamos sin que nadie preguntara
por qué esta mujer se ensarta con su lanza
y nadie aquí se mueve del espejo.
Cuando flotaba y ustedes no bajaban a la tierra
cuando pregunté por nosotros
y nadie quiso responderme.

Cuando lo bueno y lo peor
lo ácido y lo que no quiero decir ahora
se fundan
y yo avise.
Cuando los hijos no estén en África o en Miami
y los padres no se mueran de cáncer
cuando las mujeres salgan
de los hoteles
de todas las oscuridades
sin que el espejo se empañe.
Cuando me pueda cercenar un brazo
y hallar un hombre que me quiera manca y neurótica
ya más nunca mágica
sin nada que repartir
cuando me quede sola
y ni el espejo devuelva mi imagen verdadera
cuando ni yo me reconozca
cuando volvamos todos y no sea igual
cuando ninguno esté tan puro
como para reírse delante del espejo
cuando yo pregunte
cuando todo se repita
y ustedes no me quieran ver.
Cuando me desarme
cuando me arme
cuando me canse
cuando los acuse
cuando me despierte
cuando llore
cuando me rinda.
¿De parte de quién estará el espejo?

6.04.2008

Desahóguese aquí, por favor

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Aquí en Atlanta escucho casi todas las mañanas un programa de radio donde los locutores le ofrecen a la audiencia una línea donde pueden grabar sus maldiciones. Luego las reproducen, editando las malas palabras, y se puede escuchar a cada quien maldecir las personas y cosas más disímiles: la sequía, los precios de la gasolina, los conductores lentos, los mexicanos, Obama, el vecino, el jefe…

En un post anterior, hubo un amago de catarsis invectiva, en los comentarios. La gente, sobre todo los anónimos, siempre tiene un objetivo entre ceja y ceja, y aprovechan ese espacio que se les brinda para descargar toda su impotencia.

Les ofrezco esta entrada para ello. Desahóguese aquí, transcriba su odio, use mayúsculas, aproveche el anonimato. Ataque sin piedad, lecteur.

6.03.2008

Rostros velados del rock: George Harrison

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George Harrison es el epítome de los músicos forzados a cubrirse con un velo continente, siempre en aras de no perturbar la plena realización del curso aprovechable: el más caudaloso. No se podía esperar otra cosa teniendo una fachada tan eficaz, pues Lennon y McCartney hubiesen bastado para imponer el propósito de sus vidas, que era el de hacerse audibles ante la sordera de los dioses.

Sin embargo, velado y todo, Harrison constituía la pieza de concilio, el vínculo entre una vanidad y otra, dotado de una pasmosa humildad y desinterés que lograron atenuar ciertos excesos de la competencia. Tenía reservada, como resultado del pacto tácito, una cuota mínima que le permitió grabar temas sólidos: Something, Here Comes the Sun, Taxman. Habría que preguntarse si ese racionamiento no terminó por hacerle imprescindible y le otorgó la prerrogativa de sopesar y filtrar con esmero cada aporte suyo. Siendo un músico bien entrenado en su instrumento, prefirió servir de soporte y no desmarcarse del aura colectiva, complementando y añadiendo matices, buscando el detalle exquisito. Se convirtió en modelo de guitarristas, sin que le bañase la luz de los reflectores.

Su pasión por la cultura y la religión hindúes le llevaron a replantearse el conocimiento de sí, plasmado en letras y atmósferas nunca antes recreadas por la música popular de occidente. Una innovación tan riesgosa como el uso de cítaras y tablas se convirtió en referente inmediato, brecha por donde entraron The Rolling Stones, Donovan, The Moody Blues y otros. Harrison dio voz al mantra singular del individuo que no necesitaba desplazarse para verificar sus otras presencias. Hizo música con esa quietud tan difícil de retener: el ahondamiento como firmeza, la simplificación de lo excesivo.

Al final, cada pieza del ensamblaje Beatles terminó por recobrar su valía. El tercer camino, el acorde de las sombras que sirvió de cimiento a un legado tan original, sigue siendo inimitable.

6.02.2008

Economía

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Obligados a escribir poco, una cuartilla que sigue disminuyendo según la prisa del lector (prisa de los dispositivos que fabrican un lector) y la inminencia de la página que sigue, así entretenemos nuestro estilo con el placer de la fugacidad. El reto no ha de consistir en adecuar un escrito a las dimensiones de un cuaderno minúsculo. Debe ser lograr el mismo resultado: apuntar lo necesario, el texto que no necesita subterfugios o subordinaciones, usando cuartillas desproporcionadas. Saber reconocer la cantidad suficiente sin que necesitemos confines.