11.30.2008

Nota de contracubierta y dos poemas de "Una doctrina de la invisibilidad"


En la poesía cubana, la obra de Manuel Sosa está grabada con fuerza y originalidad desde su primer libro, aquel tratado de Utopías del Reino que le valiera el Premio David, cuando este era uno de los premios más codiciados y prestigiosos de la isla. Siempre me ha parecido que su estro trabaja como en un aparte, una especie de agujero oscuro muy singular de la historia, permitiéndose usar todo lo que deja afuera para nada, o mejor dicho: creando Nada manejable, llegar a hacerse de un Todo único que difícilmente pueda ser humillado por la inteligencia o el abolengo del dolor. Deslumbra. Subyuga. Nos deja cada vez en posesión de un misterio, de un enigma. Resulta siempre magistral su lección de poesía, quizás porque trabaja sin evadir el compromiso de mostrar su oficio terminado, un discurso fiable, fraseo con estructura lógica completa, poemas que se sobran a sí mismos como poemas dentro de poemas, cuerpos atrapados en redes de símbolos abiertas de extremo a extremo. Luego, si tenemos una impresión del vacío, será por nuestra incapacidad para mantenernos en el rumbo. Vergüenza del lector, la de no tener la clave, es decir, la llave de la última puerta: coartada del lector, para volver a entrar. Así es la poesía de Sosa, como un Todo o un aparte del que -cuando hemos compartido este linaje de resistir en su interior- ya no queremos salir.

(Francis Sánchez)

De Una doctrina de la invisibilidad

MANTRA

Sometimiento y retribución:
dos sucios velos que el dios extiende
sobre el tablero abarrotado de piezas
que ya ni su propia voluntad ordena.

Pues si en un principio el juego era llevado
por manos omniscientes
hoy las piezas van creando su propia multiplicidad
para demostrar que todo es falible,
intercambiable.

DARLE UN NOMBRE…

Yo no quiero darle un nombre, porque ello implicaría
la desobediencia del edicto, clavado
sobre nuestras cabezas.
Darle nombre sería ofrecer, por fin,
el aroma y el sabor que al dios gratifican
sin algo a cambio: un ínfimo ademán
que reciproque tanta pequeñez, gastados
en la consumación del Ser.
Yo no quiero darle un nombre, sino callar
y mirar obstinadamente la pared,
sabiendo que el encono puede destejer
su propia urdimbre. Sentir la gravitación
que el dolor puede ofrecer cuando evitamos el Verbo.
Y seguir apegados a esa sustancia que hiere
y ya no nos abandona, buscando tenaz
un nombre.

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11.28.2008

Nota a "Los culpables" de Alexis Romay


Los culpables, de Alexis Romay, es una eficaz transcripción de aquellos susurros que no suelen distinguir los escribas: el ruedo como proceso o montaje, la escena santificada por el Poder. Un anotador oculto, reconocible apenas por la insistencia en escudriñar el attrezzo: así va recopilando el verdadero cronista sus impresiones. El Poder necesita investidura creíble, y la busca concibiendo su propio Teatro. La poesía que se contrapone al script autorizado no es un recurso usual, pues su naturaleza le hace rutilar con voz única, a distancia de las candilejas, dúctil y ambivalente. Pero Romay se encarga de matizar sus atributos, usando una rara mezcla de ironía y dolor, esa voz que describe las verdaderas mutilaciones cuando se participa en rituales de tal especie.

El libro como rosario, soneto a soneto, avanza desde la ilusión hasta la redención, buscando significados, tachando alocuciones vanas, dando espesor a lo que antes fuese tenue diálogo de usufructo. En la franqueza reside su fluidez, atenuando la insistencia del soporte: el metro y la estrofa donde más se vierten el amor y el encono, cultivados aquí con increíble destreza. Romay nos desgrana, en deleitoso reverso de aquel dolce stil nuovo, las otras evidencias: toda autocracia se alimenta de escenografías; cada tribunal es partícipe del libreto previsto; la literatura está siempre enmarcada en territorio vedado; el Poema contradice al acto de escribir, por querer ser más. Culpable, insatisfecho, y este libro como prueba decisiva del cargo más peligroso: incurable.

Los culpables (selección)

II

Hoy van a festejar otra victoria
los huérfanos de todas las batallas,
los ciegos por afán con sus medallas,
los necios con sus gritos y su euforia,

los hijos de los hijos de la tierra,
los muertos convencidos y sonrientes,
la ira del campeón de los valientes,
los crédulos y su botín de guerra.

Hoy quieren empezar el festín pronto,
gozar el carnaval hasta la aurora...
El júbilo se extingue poco a poco.

«¿Victoria sobre qué?», pregunta el tonto.
Dice el líder: «Victoria abrumadora».
«Victoria indiscutible», aplaude el loco.

IV

Nos hemos inventado los colores
de un tiempo inalterable que regresa.
Inventamos el vino, el pan, la mesa,
la distancia absoluta, los dolores.

Hemos perdido el árbol, la bahía
y la certeza del amor temprano.
Perdimos las estatuas y el verano,
el parque, la canción, la cofradía.

Hemos ganado poco en este empeño.
La piel se nos marchita dulcemente
y el lujo de morir en otra aldea

bajo este cielo inmenso y tan pequeño
nos hace erguir el pecho, alzar la frente
ante el rugido fiel de la marea.

DE LO EFÍMERO

Una espiral se cierra en torno tuyo,
el acero se acerca a tu garganta,
el silencio te asombra y no te espanta,
se evaporan la rabia y el orgullo

y el día con su urgencia prematura
se anuncia más allá de tus fronteras
y no existe futuro ni quimeras
y ya nada te invita a la cordura

y recuerda tu afán premonitorio
una noche perdida en esa bruma
que es la noche total que ahora te espera

y transforma en tu séquito mortuorio
al olvido que es aire y es espuma
y es invierno y acaso primavera.

DE LOS SUEÑOS

Un hombre que ahora sueña que soñaba…
El sueño que soñó se desvanece.
El sueño sólo al sueño se parece
y, en el sueño, el hombre era la Nada.

Soñó que iba a soñar el infinito.
La materia del sueño no es pequeña.
¿Acaso será el Sueño quien lo sueña?
¿Es otra cosa el sueño, sino un rito?

Su sueño de tan alto y estridente
lo asalta desde siempre y de antemano.
El sueño que lo sueña es su coartada.

El hombre, el Sueño..., nada es diferente
a la farsa, ese abismo cotidiano.
El sueño es arte y es encrucijada.

RONDA NOCTURNA

Los días se repiten y las noches
que son irrepetibles y profundas,
gloriosas, innombrables, nauseabundas,
hermanas del bullicio y los derroches

tienen la levedad de lo imposible
(de lo posible ya se ha dicho todo:
el agua sobre el polvo forma el lodo;
el azar no es fortuito ni es creíble).

De tantas noches, una se destaca
con sus encierros y sus calles muertas.
Enemigos jurados de las artes

llegaron con el odio y con la estaca
a derrumbar la paz y algunas puertas,
a separar al todo de las partes.

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11.26.2008

Cómo perder dinero en Buesa


Podemos coincidir en la idea de rescatar a José Ángel Buesa, para romper la perspectiva tradicional de poeta fácil que le endilgan los lectores exigentes. Y coincidir no significa creer que estamos haciendo un acto justiciero, sino un acto sedicioso que podrá incomodar a no pocos del gremio. Se puede mirar al poeta desde una luz menos privativa, y reconocer que sabía versificar, ganarse la gracia del lector común, enseñar su estro en determinados momentos y vivir de su pluma. Hasta ahí podemos prestarnos al juego de la resurrección.

Pero otra cosa es tratar de aislar un tipo de escritura, y darle un apellido que no lleva, si al cabo sabemos que el término “poesía del sentimiento” es una redundancia más. Lo que se conjura como ganancia en la obra del crucense, esa vaguedad y falta de ambientación que debe tocar al lector universal, puede validarse del mismo modo que se haría con cualquier otro fabricador de ilusiones. La carencia de anécdota y vivencia íntima en sus poemas se convierte en sello de autenticidad, según los que hoy se adelantan a pagar su rescate, olvidando que todo artífice busca en la generalidad lo que confesar no puede, porque responde a códigos de fácil acceso, a modelos genéricos en tanto le sirvan de soporte a su mensaje prefabricado. El arte sin patetismo e irrisión es arte embotellado, y de ahí que cada asomo biográfico en todo libro que se niega a entregarse por las buenas sea plenamente justificable, y deseable. Se trata de credibilidad, y la razón que nos lleva a los unos a reverenciar lo que otros aborrecen. A veces somos reflejados en lo que leemos, y apostamos todo lo que tenemos por esa comunión pasajera. La poesía de Buesa, bien embotellada y etiquetada, era inteligente por saber adecuarse ante la mayor cantidad posible de feligreses.

Si se tienen razones urgentes para exponer una tesis de rehabilitación, búsquese mayor cobertura, porque de nada vale cargar con un arsenal de análisis literario y gastarlo en el siempre oportuno Poema del renunciamiento. Semejante tesis no ha de sostenerse en un pilar tan previsible y lamentable, y nos consta que aquel caramillo tuvo otros momentos de inspiración.

En definitiva, aunque se oponga resistencia a la idea, Buesa fue un personaje atractivo y en muchas maneras loable, pero también un poeta mediocre. Podemos leerlo sin complejos, y hasta defenderlo de tanta severidad conceptual que juzga sin hurgar dentro de otras poéticas disfrazadas, pero el resultado es invariable: poesía a granel, al por mayor, corriente.

*Referencia: Aquí
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11.24.2008

Breve Nota sobre la publicación de la antología “Que el gesto de mis manos no alcance”


Por L. Santiago Méndez Alpízar / Chago

Mientras se arrastran otros por el fango
Para extraer un átomo de oro
Del fondo pestilente de un pantano.

Julián del Casal


Pasa el tiempo en contra de lo que se dice, va contrario a lo que no aguanta, no guarda sustento. Así, las centenas de versos antologados hace unos pocos años atrás, hoy día no son siquiera parte del universo donde fueron colocados. Se desmorona el edificio de palabras. El tiempo puede asimilar estrategias, pero no la impostura. Se puede ir contra, o con él; pero siempre será cuestión de esperar a que te situé(n) definitivamente; cuestión de tiempo.

Arístides Vega Chapú ha realizado elipses y otras marumacas geométricas con la palabra durante toda la vida, que es el tiempo que hace que no le veo, y un poco menos del que le conozco. Mi vida es muy breve y la de él, ídem. Siempre fui afortunado en conocer verdaderos poetas. Tendría que hablar entonces de algunos. De igual modo, sobre seguro, de Bertha Caluff, que frenaba en mí el mínimo asomo de diablura, y estaba cuando en las tardes de Santa Clara yo me dejaba sentir de visita. Sí, pues se hace raro no pensar en uno sin el otro, aunque ambos siguieran sus respectivas vidas y en la de ellos, Salma, quien con su amor los salva, según testimonio del poeta.

He sido invitado y he llegado de improviso cuando se freían las mondas de papas y se tomaba el té con hojas de naranjo; de postre la escasez y los poemas, los cigarros. Y luego, cuando el río San Juan era una realidad y las patadas a los poetas también. En todas las casas que he vivido, sus poemas, sus libros, han llegado desde sus manos. Este verano me entregaron la antología Que el gesto de mis manos no alcance (Colección Contemporáneos, Ediciones Unión, La Habana, Cuba) donde viene parte de la obra del poeta. Una primera lectura me ha puesto a pensar inevitablemente en muchas personas. La poesía de Arístides tiene por ser identificable, y próxima, el ingrediente para transportarnos a un espacio particular. Con sus propios fantasmas y desvelos, desvelados, y una búsqueda de reafirmación del ser. La certitud emanada de la fe, que es el soplido, el motor, el lugar desde donde bien se comprende lo orgánico.

Hay en una zona de la poesía cubana de los 80 un tono homérico, una gestión de la historia. De los hechos que rellenan la historia. Una urgencia por agenciarse personajes, construir sobre antaños seres la nueva estirpe. Revivir y acercar imaginarios de por sí barrocos, universales. Lecturas y dogmas alejados por decretos o asumidos a riesgo y responsabilidad del creador.

La poesía aquí reunida goza de saberse diferente. El mismo que enviara flechas como sagitario, o postales desde alguna dirección cercana al puente de Terry, tiene el beneficio de estar a salvo del mañana. Su poesía lo garantiza. La poesía no es lo que se halla, menos lo que se lleva, lo que se usa. Ni siquiera lo que se trabaja. Tiene que ver con la incapacidad de un hombre para sustraerse de compartir lo vivido, de un modo extraordinario. Aquello que se asume como destino. La garantía de que esas nubes son un pez y el pez ya fue lo que el viento trajo, y así... como manantial donde se van reciclando los símbolos.

Aquí están reunidos, brillantemente prologados por la poeta, Lina de Feria; otra rareza exquisita, que diría un sabio. Los insomnios y fantasmas de los que hacía mención arriba. Los de Arístides Vega; ¿también los nuestros? Por qué dudarlo. No sea una recepción definitiva. Esta antología puede darnos el comienzo, una aproximación.

La gran obra a reunir tendrá que esperar muchos otros años más. Estaremos para verlo, si nos dejan. De momento toca celebrar como Dios manda la buena nueva. En mi caso, algo de emoción agrego. Contar con la poesía y la amistad de Arístides Vega Chapú, lo ameritan de sobra.

A la lectura de sus versos los convido. A la lectura de este libro que no quiere, desde su título lo indica, ser definitivo. No podría. Que casi se desliza hacia lo inadvertido, lo discreto. Pero que sin dudas sitúa al autor como una voz distinguida de la poesía cubana, Villareña.
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Tomás Esson en Atlanta

Hoy se inauguró en el Hammonds House Museum, de Atlanta, la exposición El Bicho, del artista cubano Tomás Esson. Se trata de una mirada a vuelo al concepto de su obra, una de las pocas que ha realizado de manera personal, según el pintor. El museo, que prioriza y se especializa en arte hecho por afroamericanos o que refleje su cultura, se llenó de espectadores que denotaban curiosidad por un invitado que les resultaba atractivo por sus propuestas y su carisma, un hombre que plasma los acentos del cuerpo sin buscar el impacto de lo ostensible, cuerpo reducido a un solo atributo de elucubración y escatología. La exhibición, que juega con la naturalidad de pertenecer al propio ambiente del recinto, incluye dibujos, pinturas e instalaciones que fielmente recogen su mitología personal: las recreaciones de banderas, los monstruos que pierden la literalidad de significado en tanto condensan y redistribuyen los órganos del placer, los talismanes que constituyen su peculiar heredad y donde también se sintetizan resguardos y visiones del mundo.

Al curador, Kevin Sipp, y al propio museo se han de agradecer este replanteo de perspectivas, ya que en muchas ciudades de los Estados Unidos abunda una imagen simplista de lo afrocubano, a partir de pura tensión racial e imaginería vistosa que se prefieren acomodar antes que nada. Recibir las respuestas de Esson, dialogar con su arte que es otra tensión, más de generalidad que de especie, revelan a este tipo de audiencia cuánto se precisa aún para sondear esa Cuba que creen conocer. Al espectador intuitivo ha de quedarle además el sabor del exilio como plenitud, asociación que rara vez se racionaliza, por crear esa misma palabra, "exilio", un contrapeso que nos prejuicia. En Esson, escuchamos y miramos la voz y el color que han logrado aposentarse en tierra extraña, sin cargar culpa alguna.

En las fotos, la entrada del Hammonds House, algunas obras de Esson, junto al pintor Alejandro Aguilera, y durante el conversatorio con el público.





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11.22.2008

White


Se cumplen hoy 40 años del lanzamiento del controversial disco doble The Beatles, también conocido como "The White Album". Las opiniones se reparten entre entusiastas, detractores y los que no saben qué claves usar para definirle. Como en toda obra extensa, se alegan la inclusión de temas que meramente ocupan un espacio que estaba disponible, el desbalance y el orden ineficaz, la falta de cohesión, etc. Los que le defienden hablan de orden preciso, variedad de lujo, concepto del "no tener" un concepto. Y sobre todo, las canciones en sí, casi todas distinguibles en su depuración. Sin embargo, se ha llegado a afirmar que de haberse eliminado una mitad, el disco hubiera resultado inobjetable.

Lo evidente, antes de gastarnos en razonamientos, es que este disco se aparta del típico producto beatle. Tal pareciera que cuatro músicos independientes se ocuparon de armar una colección por encargo, y que fueron capaces de colaborar entre sí sólo cuando la necesidad los obligó. En verdad, ya por entonces sus relaciones se encontraban en un nivel de tensión que rebasaba lo soportable. Lennon y McCartney llegaron a grabar ciertos temas sin ayuda de nadie. El primero se burlaba de la ligereza de Ob-La-Di, Ob-La-Da y el segundo se irritaba ante el collage invertebrado de Revolution Number Nine. El propio Ringo Starr llegó a abandonar temporalmente el grupo, cansado de su creciente insignificancia. Escuchando el disco, a veces se hace difícil asumir la idea de que éstos son los mismos músicos de la canción anterior, cada personalidad enfatizando sus propios argumentos. Lennon, más osado, desgarrador y lúdrico: Dear Prudence, Glass Onion, The Continuing Story of Bungalow Bill, Happiness is a Warm Gun, I’m So Tired, Yer Blues, Everybody’s Got Something to Hide Except Me and My Monkey, Revolution. McCartney alardeando de eclecticismo: Back in the USSR, Martha My Dear, Blackbird, I Will, Mother Nature’s Son, Helter Skelter, Honey Pie. Las cuatro piezas de Harrison son ineludibles y disímiles, cada una portando su energía particular. Quizás el tema que más se escuchó en Cuba, de todo el repertorio beatle, fue While My Guitar Gently Weeps, con su doble secreto: la guitarra lamentosa la tocaba Eric Clapton, y que además se necesitó procesar de modo tal que se aproximara al estilo de Harrison. Ringo aporta su voz en dos temas sorprendentes: Don’t Pass Me By y Good Night, los cuales pueden ser atacados o defendidos en dependencia del concepto que se quiera esgrimir: son flojos o fueron concebidos y ubicados en su sitio con toda la intención. El ángulo político no podía faltar en aquel tumultuoso 1968, y la pieza Revolution sirvió para abundar en conjeturas sobre los ideales de un siempre contestatario Lennon, quien grabó dos versiones que aparentaban contradecirse ("count me in", "count me out") a la hora de especificar el grado de violencia que podía permitirse una revolución verdadera.

El disco, siempre bien avalado por público y crítica (aunque sus reproches abundan), puede ser escuchado de principio a fin sin gran inconveniente. ¿Y qué otra cosa se pudiera pedir? La intención minimalista de su carátula y su título se convirtió en gesto fundador, imitado por muchos grupos que perseguían nociones similares, ya fuesen un color o unos trazos que sirviesen de identidad. La respuesta que "The White Album" generó en los campos ajenos a la música ha sido otro abismo de resonancias. Por ejemplo, los mitos que se crearon a partir de supuestos mensajes crípticos en canciones específicas, las letras que aparentaban carecer de sentido para los no iniciados. Y como colofón, digamos, los crímenes de Charles Manson y sus seguidores, quienes leían mensajes y obraban en consecuencia, usando discos y alucinógenos como referentes de su credo apocalíptico.

No faltaba mucho para que el mito se desvaneciera, y pese a que siguieron otros tres álbumes hasta 1970, The Beatles tipificó las misteriosas relaciones entre orden y caos, entre rutina e innovación.
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11.21.2008

Dos de Miami y la Feria


Mis apuntes sobre la Feria y Miami, pueden leerlos hoy en Penúltimos días y Efory Atocha
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11.19.2008

Fotos de Miami

Presentación de libros en "La casa de Tula": con Carlos Pintado, George Riverón y Heriberto Hernández

En casa de Sindo Pacheco
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Oyendo leer a Sindo Pacheco
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Con Heriberto Hernández y Manuel Vázquez Portal
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Blogroll: La Finca, Gaspar, Enrisco, La Primera Palabra, Guicho Crónico

Con Naday Balbuena y Ernesto González

Presentación de Qué pensarán de nosotros en Japón, de Enrique del Risco

Discutiendo sobre la reactividad del plutonio
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En el stand de Bluebird: Sindo Pacheco, Heriberto y Carlos Pintado
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Fotos: Michel Hernández
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11.09.2008

(In) merecidas vacaciones


LOS NOMBRES DE LA NOCHE
de Carlos Pintado

LOS FRUTOS DEL VACÍO
de Heriberto Hernández

SEÑAL DE VIDA
de George Riverón

UNA DOCTRINA DE LA INVISIBILIDAD
de Manuel Sosa

Fecha: 13 de Noviembre.
Lugar: La Casa de Tula
……......1513 SW 8 Street
.............Miami, Fl, 33135
Hora: 7.00 p.m.

Nota: Estos libros podrán adquirirse los días 14, 15 y 16 de Noviembre, durante la XXV Feria Internacional del Libro de Miami en el stand de Bluebird Editions (Stand 346 E. 3th ST entre NE 1st Ave and NE 2nd Ave.)
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Esta semana salgo para Miami, y me parece una buena oportunidad para darle al blogger unos días de vacaciones, cosa que nunca he hecho (salvo una vez que pensé abandonar el blog y dejé de actualizarlo, aunque seguí escribiendo), y si algo aprende uno es a valorar los entreactos como partes de la misma ecuación escénica, de su totalidad comunicativa.

Regresaré lleno de anécdotas e impresiones de una ciudad que no visito hace más de tres años. Estaré el jueves 13 en la presentación de nuestros libros con Bluebird Editions (ver los detalles arriba) y el fin de semana en la Feria, y seguro que haciendo tertulia por aquí y por allá con amigos, bloggers, escritores… Cualquier indagación o duda, pueden escribir a mi correo. Gracias, nos vemos pronto.
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11.07.2008

Memoria de Rubén F. Alonso

Rubén Fernando Alonso no pudo terminar ninguna de las carreras que comenzó. Viniendo de un pueblo de campo, y padeciendo una extraña obsesión por los libros, tenía que medir cada paso y justificarse ante el ojo escrutador de la familia y del vecindario. Su mente estaba corrupta por tanto naturalismo, ruso y francés; por las fantasmagorías de Poe y Lovecraft; por las tipografías inusuales de Apollinaire y Huidobro. No podía acomodar el número de estratos que conducían a un pergamino como colofón a su docilidad. No le alcanzaba el tiempo para repasar cada uno de los autores que iba descubriendo: una puerta conducía a dos puertas, dos conducían a cuatro, cuatro a ocho, y así hasta el infinito.

Su empeño de leerlo todo fue estorbado por varios acontecimientos: los trabajos ocasionales, su traslado fortuito a otro pueblo más distante (y más pequeño) para cuidar de sus dos ancianas tías, el color local y las miradas inquisitivas de los cederistas, la destinada y obligatoria esposa que fue tensándose como un arco grotesco y siempre a punto de dispararse, el nacimiento del hijo, el descubrimiento de la escritura como imitación y continuidad de sus lecturas.

El estorbo mayor fue una guerra, en África, adonde marchó como soldado por dos años, yendo como todos los que fueron: a exportar una nueva visión crepuscular. Su amistad con oficiales soviéticos le regaló el conocimiento de Mijail Gulko y Aleksandr Rozenbaum, cantantes populares y soterrados en su propia tierra. La música rusa calmaba de alguna manera la sed por las cosas eslavas, no siempre discernibles entre los manuales y novelas que se amontonaban en las librerías de su remota isla.

Incapaz de mantener trabajos y de sostener una familia, creyó que la literatura podría salvarle. Comenzó a frecuentar los círculos intelectuales cercanos, por ver si algo de notoriedad le libraba de los deberes cívicos. Donde creyó encontrar un lenguaje novedoso: Quien no dibuje una rana doble / quien no dibuje en sus alas un cuchillo… el jurado encontró versos grotescos. Decidió no regresar a esas olimpiadas retóricas y siguió llenando cuadernos, frenéticamente, dudando del placer que se desprendía de ello.

Por entonces, conoció a otro poeta que resultó ser vecino suyo: un jovencito que concebía poemas en inglés, cosa más inusual que sus propias manías escriturales. El jovencito se convertiría en su oidor, su discípulo del Curso Délfico que hubo de improvisar. El jovencito se tomó el castellano tan en serio, que comenzó a escribirlo a borbotones y ganó un concurso nacional con su primer libro de versos. Uno de los poemas le estaba dedicado y describía con lujo de detalles su miseria provinciana.

Las cosas forzadas fueron ocupando su lugar, como tenían que haber sido desde un principio. Su poesía fue tornándose en desahogo puro, sus narraciones comenzaron a referir la misma historia en disímiles versiones. Las tías se transformaron en pájaros de Estinfalia. La esposa le abandonó y dejó a cargo del hijo ya adolescente que ganaba notoriedad pueblerina por sus tendencias homosexuales. El sistema político de ciertos países eslavos, entre otros, fue arrancado de cuajo por las gentes que hasta el día anterior le votaban por unanimidad. Los productos comenzaron a escasear: sal faltable en una isla, azúcar faltable en una plantación de gramíneas. El tabaco desapareció de las tiendas y bares. Los pocos amigos se dieron a emigrar. El papel de escribir y el papel carbón tenían que ser mendigados. Todo ello se recogía en un eufemismo, que nunca quiso repetir, por no sumarse al Engranaje.

Alonso buscó refugio en los orishas, quienes le venían rondando desde su viaje al continente negro. Aprendió los rudimentos de iniciación, los ritos elementales y comenzó a hacer preguntas cuyas respuestas ya conocía de antemano. Sus amigos lograron publicarle un librillo (plaquette, le llamaban) al que tituló Propongo a mis fantasmas este juego. Pero ya la ley de peligrosidad social, o la ley de vagancia (nunca supo su verdadero nombre) le había echado el ojo. Los policías del pueblo querían saber los pormenores de su oficio. “Escritor, que no poeta”, pues poeta implicaba esa inactividad que no se deseaba de la ciudadanía. Como su palabra y sus manuscritos no eran prueba suficiente, de nuevo sus amigos le resolvieron una suerte de salvoconducto. “Por medio de la presente hacemos constar que el compañero Rubén Fernando Alonso se dedica a la actividad de: escritor”. Y la plaquette le servía como el complemento perfecto.

A salvo de las fuerzas del orden, trató de sobrevivir sin trabajos estables, pues siempre algún dinero se necesitaría, pese a que el dinero se hizo concepto nominal, uno de tantos. Estuvo de enterrador por unos meses, de guarda nocturno, de jornalero. Entre uno y otro, tuvo la suerte de conquistar a una joven campesina, robusta y hermosa, a la que nombró Adria. Se fue a vivir con ella, casi a tiempo completo, para no abandonar al hijo amanerado y a las tías que se evaporaban. Adria vivía en un pueblito idílico, donde casi todos eran descendientes de isleños: Itabo, casi isla Tabor, donde sería el Ichabod Crane hasta que se diesen cuenta de sus puntos flacos.

Cuando llegó la inevitable ruptura con Adria, pues todo en él era ruptura al acecho, regresó a casa y a las inquisiciones. Esta vez era la Seguridad del Estado, que se preocupaba por los significados ocultos de sus versos. Deseando que el rombo deshaga la decrepitud de su follaje. ¿Quién o qué era el rombo? ¿Por qué la decrepitud? Tuvo que explicar a su vez el significado de poemas de otros escritores locales. Tuvo que explicar que el Laberinto y el Minotauro no sustituían un sitio y una persona real. Tuvo que bordear el significado de la palabra Sátrapa, para que ésta no lo arrastrase al abismo.

Se hizo de un sistema que enmascaraba sus mensajes. Por las noches, a la luz del farol, cuando persistía la oscuridad oficial, la del caprichoso switch que le forzaba a emborronar libretas, luchaba por ponerlo todo en claro. Podía ser sincero en esos poemas que no mostraba a nadie o que destruía en aquellos momentos de terror, cada vez más frecuentes.

Quiero dejarlo así, frente a su mesa, de espaldas al fresco de la noche, escribiendo en una hoja lo que hubiese podido ser un poema eficaz de no rebasar la cuota melodramática que se permitía a sí mismo:

TESTAMENTOS

por Rubén F. Alonso

Sumados a la ruina del tiempo,
al tiempo en que la flor pierde su brillo fugaz
hemos sabido de corrupción y de truncos adioses,
que los gestos se multiplican mecánicamente
envueltos en una aureola de falsa nostalgia,
que la realidad es un sueño dentro del sueño
en una sucesión infinita,
de tal modo que un dolor puede ser el degüello
de un trozo de mármol,
que la sedición es orinar de manera implacable
bajo el sol
o escupir en el asfalto de alguna carretera sin destino.
Sumados a la ruina de la luz
acontece que hemos muerto sin saber
dónde termina la vida
porque lebreles y pájaros no tardan en aparecer
y la realidad es tan oscura como cualquier proeza humana
o como piedra que se desangra entre tanta inmovilidad.

Es así que nada vale salvo el delirio de sabernos desnudos
y decir que el tiempo es el retorno de lo posible;
que ya todo es sabido en esta patria húmeda
hecha de huesos y reverberaciones
donde cada fiesta es una sombra
cubriendo el destino de otro
que se parece a mí,
si alguna vez yo llegase a existir.
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11.05.2008

Una nota al "Libro de silencio", de Germán Guerra


De todos los dominios que nos siguen aproximando al umbral de la poesía, la retención del sosiego y su reintegro como ofrecimiento incontestable destacan siempre entre los factores arduos de su oficio. Si escribir es prestarse a ser filtro de cuanta embriaguez nos sorprende, saberlo plasmar sin que la angustia suplante la palabra justa se convierte en el más raro de los virtuosismos. Podrá hablarse de disciplina y sagacidad, pero falta aún sopesar la idea del poeta como tamiz natural, que deja afuera los sedimentos sin saber por qué lo hace. Cada vez se extraña más esa presencia en los libros, donde el poema es propósito y no vía, aliento que busca difuminarse y no reconocer su propia calidez.

Libro de silencio, de Germán Guerra, es un ejemplo de equilibrada ubicación estética, un plano donde la visión personal sabe encaminarse sin siquiera rozar la confesión gratuita o el despliegue oratorio. Es vivificante el atestiguar esa sinceridad que sabe regalar deslumbramientos sin que se mitiguen deudas, lujo verbal sin que se muestre como reflejo de otros reflejos. Pareciera que el poeta se nutre del diapasón que le ha dado voz, pero límpidamente se nos aleja, a tiempo, y decanta su porción legítima. Germán Guerra es así uno de los pocos que sabe describir la partición de las aguas, luego de haberlas traspasado. Leerle nos obliga a sentarnos, a apartarnos de la sapiencia que corroe los atributos del poema. Cuando repasamos los lomos de una biblioteca insular (son volúmenes de una lírica fatigosa, y se extienden hacia el vértigo horizontal) este libro puede detener nuestra febrilidad y robarnos todo el tiempo.

Porque emular con la palabra el silencio que la contiene, acercarse al mutismo con las acotaciones suficientes, sin que parezca una herejía o una atribución que le robamos, ha de ser medida de cuánta especialización requiere el poder formular ciertas nociones en verso.

Libro de silencio sabe detener el índice que busca más riqueza, como objeto y como pausa necesaria. Es otro escollo deleitoso, que nos libra (por hoy) de la carga de seguir indagando.

Ofrezco aquí, a manera de bookends, los poemas que abren y cierran el libro:

Hombres y olvido

Si hoy me fuera dado poner un rostro a la tristeza
nombrarla con palabras simples, ofrecer otra máscara
-nombrarla desde este verso largo, heredado de Whitman
heredado de todos los fantasmas que cantaron la gloria
que lloraron amargo la caída de Troya y Nueva York-,
rompería mi cuerpo entre los cuerpos rotos de esos toros.

Altos toros sin entrañas para ser leídas
altos toros blancos rumbo a su hecatombe.
Palabras enfermas de poder y el filo de un machete
han querido que ya sean viejos bueyes
partiéndose los huesos entre las rejas del arado
hundidos en el fango de sus lágrimas de plomo.

Hombres detenidos en una vasta multitud de barro
carne de mi carne, música ilegible, pan y vino amargo.
Toros con hígados abiertos como libros o espejos
hígados abiertos que ya no devuelven las palabras
palabras que nombran a los que partieron con el alba.

Palabras, palabras que soñé mordiendo las vigilias.
Palabras que trocaron oratoria en leyes, tribunas en patíbulo
abiertas utopías en estertor de fiebre en los escombros
y puñal en la garganta del silencio. Palabras tan inciertas
como esta primavera que parte relojes y calendas
y el tiempo es el tiempo que demora un caracol
en pasar de lado a lado las puertas de esta casa,
las puertas de una casa que no tengo.

Casa donde los hombres plantaron la esperanza
acatando los salmos de la sangre y el olvido
para que todos preñaran estas piedras
que ahora laten en el lugar del corazón
con el vacío que ocupan las estatuas
que nuestras manos no moldearon.

Abiertos espejos sin azogue sin fondo sin esquinas,
historia sobre el blanco de una página sola
manando los rostros que ya ordenaron a sus pechos
cortar en las palabras o sacarse los ojos con un clavo
-en una letrina en un camastro en una celda
en el eterno calabozo de los cuerpos-,
sacarse los ojos para no seguir mirando la miseria
de esta mañana de septiembre, de todas las mañanas.

Ya no importa septiembre o abril, ya nada importa.
Larga raya de saliva y plata, de tedio y oscuro caligrama
va martillando el caracol por los mosaicos de la casa,
por los mosaicos de esta casa que nunca
…………………………………..................nunca será mía.

Mi padre

Su presencia en los rincones de luz,
en la luz de todas las mañanas.
Porque lo encuentro sentado
bajo la atrocidad de cada mediodía
-la multitud ya olvida al hombre
que gesticula otra promesa en la tribuna,
en la plaza que es el centro de los pueblos.
Todos descansan su tedio y la mirada
entre las manos calladas de mi padre-
mientras afina las palomas del acto
que conocen, que roza la costumbre,
y se abre las paredes del pecho
para sacar, sangrante, un corazón que hace estallar
en el silencio roto por las voces que ahora invocan
un milagro y el nombre del Mesías.

En el último plano de la escena el podio está vacío,
ya no hay voz martillando sueños en el polvo,
sobre la frente de los hombres,
y sigo, en silencio, el camino de la noche.

Germán Guerra (Guantánamo, 1966). Poeta, ensayista y editor. Ha publicado Dos poemas (1998), Metal (1998) y Libro de silencio (2007). Vive en Miami.
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11.04.2008

Un día normal


No tuve que madrugar ni esperar mucho tiempo en esta, mi primera votación. A la hora de marcar mis preferencias (no muy entusiastas, valga aclarar) pensé por unos segundos que hubiera sido un buen chiste votar por el candidato libertario, Bob Barr. Pero no me atreví. De todo el proceso, lo más grato fue comprobar el buen ánimo de mis vecinos: los típicos blancos sureños enfrascados en animada conversación con los afroamericanos. Nadie hablaba de política o economía. Al parecer, aquella larga fila era un acto rutinario, donde se trataban los temas de siempre, con la inmediatez y familiaridad de todos los días. La única observación concerniente a la elección presidencial provino de una anciana de raza negra, quien dijo que esta noche iba a seguir los pormenores del mismo modo que seguía los partidos de football: frente al televisor, un vaso de café en la mano y agitando algún gallardete. Nada indicaba que fuera este un día inusual. Mientras la esencia americana pueda definirse por este tipo de espacios inalterables, no importará quién gane en las urnas.
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11.03.2008

Crónica de un hartazgo sureño

No hace mucho compré mis primeros libros en esta comarca adonde he tenido que mudarme (Lawrenceville, Georgia), en una librería Borders. Me decidí por Bestiario de Cortázar, y por una edición que reúne a Pedro Páramo y El llano en llamas. Cada vez más alejado de Atlanta, una Borders que tenga dos estantes llenos de libros en español me resulta un milagro. Por supuesto que habrá que descontar las traducciones de best sellers como Dan Brown y John Grisham; también las obligatorias Biblias, los libros de self help y how to, los chicken soup y los diccionarios. Después de ello, me sorprendí de la generosidad con que se gratifica a Vargas Llosa en estos tiempos y lares. No debe ser mala contrapartida al desfile prosístico de un García Márquez siempre propagado y consentido. Vi cómo cada uno de sus libros (cada uno) reposaba en su estatismo; aparecían varias ediciones, incluyendo la conmemorativa, de Cien años de soledad; como si fuera intencional, como si los editores del Norte te dijeran: "Mientras más te alejes de la ciudad, más lecturas básicas te encontrarás".

En estos sitios remotos, se resuelve el problema de la representatividad latina con tales muestrarios. Se encargan las colecciones completas de aquellos nombres afortunados, y son exhibidas en su sección de libros en otras lenguas. Esta Borders que exploré, virgen aún de indagaciones que rebasen lo elemental, tiene también casi toda la obra poética de Neruda, en pequeños libros de bolsillo, poemarios individualizados y con generosas notas. Hojear Canción de gesta me hizo bien, un bien mañanero que se tradujo en burlarme de la burda épica de sus páginas. Pensé llevarme Residencia en la tierra, pero no creí que fuera el momento de retenerle. Así me pasó también con Historia universal de la infamia, (Borges no falta en ninguna librería norteamericana, aunque rara vez se encuentre un ejemplar en español) que no quise cargar por desobedecer los caprichos de siempre.

Estas notas no son para describir mi aburrida rutina georgiana, sino para comentar ese fenómeno de los estados sureños (y no tengo otra experiencia) que suple de nombres apetecibles a las lagunas informativas, culturales. ¿Cómo van a decir que existe un déficit de lo supuestamente ajeno, si hay un estante repleto de Isabel Allende y García Márquez? ¿Cómo demostrar que la tiranía del anglosajón no ha cesado, si han tenido la gentileza de adquirir de un género y otro, desde Jaime Baily hasta Corín Tellado (y aquí no hay broma que valga), desde guías de consolación espiritual hasta el Inglés Básico de Ghío D.?

Es preocupante que los dos García Márquez (incluyendo a la Allende) hayan usurpado las estanterías del Cinturón Bíblico. Después de tanto monoteísmo, se abre una puerta campechana, más paternalista que un programa de estudios universitario o que las vacaciones de un americano sediento de tercer mundo. Para este estadounidense frecuentador de Borders, amparado tras su latte, con sus infaltables khaki shorts y sandalias, la literatura española es interesante por lo exótica, por el ardor desmedido de sus personajes con nombres estrafalarios, por ser el consuelo que busca al hastiarse de su muletilla de urbanita.

Nuestra semblanza ha quedado a merced de un catálogo invariable. Si algún día desaparecieran (de los estantes) las obras del Nobel colombiano, no tardarían en ser reemplazadas por otras ficciones consoladoras. El hartazgo proseguirá, si bien el apetito narrativo del americano común ha de mantenerse saludable. Puede que todo esto tenga que ver con el largo brazo de la justicia poética: García Márquez se convertirá en un objeto esencial, y por ende, en un objeto ordinario.
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