Rubén Fernando Alonso no pudo terminar ninguna de las carreras que comenzó. Viniendo de un pueblo de campo, y padeciendo una extraña obsesión por los libros, tenía que medir cada paso y justificarse ante el ojo escrutador de la familia y del vecindario. Su mente estaba corrupta por tanto naturalismo, ruso y francés; por las fantasmagorías de Poe y Lovecraft; por las tipografías inusuales de Apollinaire y Huidobro. No podía acomodar el número de estratos que conducían a un pergamino como colofón a su docilidad. No le alcanzaba el tiempo para repasar cada uno de los autores que iba descubriendo: una puerta conducía a dos puertas, dos conducían a cuatro, cuatro a ocho, y así hasta el infinito.
Su empeño de leerlo todo fue estorbado por varios acontecimientos: los trabajos ocasionales, su traslado fortuito a otro pueblo más distante (y más pequeño) para cuidar de sus dos ancianas tías, el color local y las miradas inquisitivas de los cederistas, la destinada y obligatoria esposa que fue tensándose como un arco grotesco y siempre a punto de dispararse, el nacimiento del hijo, el descubrimiento de la escritura como imitación y continuidad de sus lecturas.
El estorbo mayor fue una guerra, en África, adonde marchó como soldado por dos años, yendo como todos los que fueron: a exportar una nueva visión crepuscular. Su amistad con oficiales soviéticos le regaló el conocimiento de Mijail Gulko y Aleksandr Rozenbaum, cantantes populares y soterrados en su propia tierra. La música rusa calmaba de alguna manera la sed por las cosas eslavas, no siempre discernibles entre los manuales y novelas que se amontonaban en las librerías de su remota isla.
Incapaz de mantener trabajos y de sostener una familia, creyó que la literatura podría salvarle. Comenzó a frecuentar los círculos intelectuales cercanos, por ver si algo de notoriedad le libraba de los deberes cívicos. Donde creyó encontrar un lenguaje novedoso:
Quien no dibuje una rana doble / quien no dibuje en sus alas un cuchillo… el jurado encontró versos grotescos. Decidió no regresar a esas olimpiadas retóricas y siguió llenando cuadernos, frenéticamente, dudando del placer que se desprendía de ello.
Por entonces, conoció a otro poeta que resultó ser vecino suyo: un jovencito que concebía poemas en inglés, cosa más inusual que sus propias manías escriturales. El jovencito se convertiría en su oidor, su discípulo del Curso Délfico que hubo de improvisar. El jovencito se tomó el castellano tan en serio, que comenzó a escribirlo a borbotones y ganó un concurso nacional con su primer libro de versos. Uno de los poemas le estaba dedicado y describía con lujo de detalles su miseria provinciana.
Las cosas forzadas fueron ocupando su lugar, como tenían que haber sido desde un principio. Su poesía fue tornándose en desahogo puro, sus narraciones comenzaron a referir la misma historia en disímiles versiones. Las tías se transformaron en pájaros de Estinfalia. La esposa le abandonó y dejó a cargo del hijo ya adolescente que ganaba notoriedad pueblerina por sus tendencias homosexuales. El sistema político de ciertos países eslavos, entre otros, fue arrancado de cuajo por las gentes que hasta el día anterior le votaban por unanimidad. Los productos comenzaron a escasear: sal faltable en una isla, azúcar faltable en una plantación de gramíneas. El tabaco desapareció de las tiendas y bares. Los pocos amigos se dieron a emigrar. El papel de escribir y el papel carbón tenían que ser mendigados. Todo ello se recogía en un eufemismo, que nunca quiso repetir, por no sumarse al Engranaje.
Alonso buscó refugio en los orishas, quienes le venían rondando desde su viaje al continente negro. Aprendió los rudimentos de iniciación, los ritos elementales y comenzó a hacer preguntas cuyas respuestas ya conocía de antemano. Sus amigos lograron publicarle un librillo (plaquette, le llamaban) al que tituló
Propongo a mis fantasmas este juego. Pero ya la ley de peligrosidad social, o la ley de vagancia (nunca supo su verdadero nombre) le había echado el ojo. Los policías del pueblo querían saber los pormenores de su oficio. “Escritor, que no poeta”, pues poeta implicaba esa inactividad que no se deseaba de la ciudadanía. Como su palabra y sus manuscritos no eran prueba suficiente, de nuevo sus amigos le resolvieron una suerte de salvoconducto. “Por medio de la presente hacemos constar que el compañero Rubén Fernando Alonso se dedica a la actividad de: escritor”. Y la plaquette le servía como el complemento perfecto.
A salvo de las fuerzas del orden, trató de sobrevivir sin trabajos estables, pues siempre algún dinero se necesitaría, pese a que el dinero se hizo concepto nominal, uno de tantos. Estuvo de enterrador por unos meses, de guarda nocturno, de jornalero. Entre uno y otro, tuvo la suerte de conquistar a una joven campesina, robusta y hermosa, a la que nombró Adria. Se fue a vivir con ella, casi a tiempo completo, para no abandonar al hijo amanerado y a las tías que se evaporaban. Adria vivía en un pueblito idílico, donde casi todos eran descendientes de isleños: Itabo, casi isla Tabor, donde sería el Ichabod Crane hasta que se diesen cuenta de sus puntos flacos.
Cuando llegó la inevitable ruptura con Adria, pues todo en él era ruptura al acecho, regresó a casa y a las inquisiciones. Esta vez era la Seguridad del Estado, que se preocupaba por los significados ocultos de sus versos.
Deseando que el rombo deshaga la decrepitud de su follaje. ¿Quién o qué era el rombo? ¿Por qué la decrepitud? Tuvo que explicar a su vez el significado de poemas de otros escritores locales. Tuvo que explicar que el Laberinto y el Minotauro no sustituían un sitio y una persona real. Tuvo que bordear el significado de la palabra Sátrapa, para que ésta no lo arrastrase al abismo.
Se hizo de un sistema que enmascaraba sus mensajes. Por las noches, a la luz del farol, cuando persistía la oscuridad oficial, la del caprichoso switch que le forzaba a emborronar libretas, luchaba por ponerlo todo en claro. Podía ser sincero en esos poemas que no mostraba a nadie o que destruía en aquellos momentos de terror, cada vez más frecuentes.
Quiero dejarlo así, frente a su mesa, de espaldas al fresco de la noche, escribiendo en una hoja lo que hubiese podido ser un poema eficaz de no rebasar la cuota melodramática que se permitía a sí mismo:
TESTAMENTOSpor Rubén F. AlonsoSumados a la ruina del tiempo,al tiempo en que la flor pierde su brillo fugazhemos sabido de corrupción y de truncos adioses,que los gestos se multiplican mecánicamenteenvueltos en una aureola de falsa nostalgia,que la realidad es un sueño dentro del sueñoen una sucesión infinita,de tal modo que un dolor puede ser el degüellode un trozo de mármol,que la sedición es orinar de manera implacablebajo el solo escupir en el asfalto de alguna carretera sin destino.Sumados a la ruina de la luzacontece que hemos muerto sin saberdónde termina la vidaporque lebreles y pájaros no tardan en aparecery la realidad es tan oscura como cualquier proeza humanao como piedra que se desangra entre tanta inmovilidad.Es así que nada vale salvo el delirio de sabernos desnudosy decir que el tiempo es el retorno de lo posible;que ya todo es sabido en esta patria húmedahecha de huesos y reverberacionesdonde cada fiesta es una sombracubriendo el destino de otroque se parece a mí,si alguna vez yo llegase a existir..