
Termino de leer Desde el légamo, libro de ensayos y artículos de Jorge Luis Arcos publicado por Colibrí, y paso a recomendarlo como referencia a quien indague sobre el Canon cubano, tema que siempre despertará escepticismos y sobre el cual el autor hace un mapa equilibrado, y sobre todo: sincero. Además de sus notas sobre poesía y cultura cubana, que incluye reseñas de libros específicos, Arcos abunda sobre Lezama y Orígenes, y más aún sobre el legado de María Zambrano en Cuba.
Quiero detenerme en uno de sus ensayos: “Cuarenta años de Paradiso o el barroco carcelario”, y aprovechar el apunte que hace sobre ciertos poemas de Lezama, escritos en aquel período de ostracismo oficial, para transcribirlos como documentos que ilustran el sentimiento del Maestro al verse confinado, casi literalmente, en una cárcel de silencio.
Los poemas que siguen fueron escritos en mayo de 1971, luego de que su nombre resonara desde el palco oficial, confirmando la sentencia en los golpes de vara del juez, en mitad del espectáculo que diseñaran para el poeta Padilla. Este es el Lezama del ostrakon y la crispación nocturna, irónico y extrañamente libre al no saber (o no querer) disimular su entrada al Limbo de las expiaciones:
SORPRENDIDO
No puedo. Es así. Y el caballo dobla el naipe.
Voy. La toronja escampa, deletreo.
¿Qué pregunta cabe? ¿Qué codo se entremezcla?
El turiferario se remoja, abandona.
Son juramentos, perogrulladas, testigos.
Un índice torcido como una nariz,
no sirve, ceniza, redondea.
Una estocada de cartón, presunciones.
El costillar al trasluz, una tromba
engorda el farol repartiendo cartas de Navidad.
Araño, voy y me sumerjo, ya no hay navegantes.
Toco, vuelvo la cara, ya las persianas repiqueteando.
Cruce de peces por las piernas abiertas, tijeras.
No llegó a parir, se aconseja, el naipe calvo.
La ventana ensalivada masculla el pimpollo,
centra el parpadeo, errante el vidrio roto.
Allí el tironeo, el vuelco del tiburón.
Pusilánime araña las botas el rastrojo,
vuelve arrastrándose por la acera al mediodía.
La salamandra sigue saltando
del chaquetón con mucha fiebre.
No puedo, voy a acostarme, despertaré sin el resguardo.
Las arañas alfombran confundiendo sus hilillos.
Don Aire congrega y descabeza.
NO PREGUNTA
Un abreboca y no un punzón con ojos astillados,
una ponzoña con mano izquierda,
en el escampado
una pelota con relieve
en los ojos hacia dentro,
en un rápido botarate lenguafuera.
Dondequiera, cabalgadura avinagrada,
en las rodillas letras de hueso,
en las rodillas brazos y pelucas,
lanzando un entrecortado humillo
de azufre en el tambor infratierra.
Camina hacia el escondrijo,
la carcoma en el perchero queda.
Un encontronazo de cabra y cemiceja,
casi y casi roto en polvo,
dondequiera.
OIGO HABLAR
Oigo hablar a un pájaro moteado:
cuacuá.
En la cabeza tres círculos verdes
y los ojillos que abren y cierran la noche.
Las banquetas para los violinistas
y en medio de la pechuga aljamiada
una garrafa saludando como en un minué.
Las levitas y los sombreros
manchados de luna, con alas pequeñas,
corrían a ocultarse detrás de los árboles.
Los violines también detrás de las hojas
crecían escindidos pisados por la escarcha.
El violinista de levita morada exclama:
cuacuá.
Y todos los trombones borrachos en la medianoche
saludaban, alzaban las ventanas,
elevaban por el aire el pelo del violín.
Una pausa y después se oyó:
cuacuá.
Los animales hablaban primero,
el pájaro perfeccionó el diccionario,
la orquesta sólo lo hizo girar, girar,
soltar sus espirales y recogerlas
en la manga con botones heráldicos.
El pájaro en su casaca de abril
nos regaló el lenguaje interpuesto,
el pelo del violín cruzado con el rameado sedoso,
el ojo del pulpo en el ancla al mediodía:
cuacuá.
El violinista con sus dedos angélicos,
impulsados por la orquesta y su tic tac
de escarcha amoratada, saludaba
de nuevo la hoja reverente
y dejaba caer una gota
hidrocéfala con los ojos sangrantes:
cuacuá.
(José Lezama Lima)
Quiero detenerme en uno de sus ensayos: “Cuarenta años de Paradiso o el barroco carcelario”, y aprovechar el apunte que hace sobre ciertos poemas de Lezama, escritos en aquel período de ostracismo oficial, para transcribirlos como documentos que ilustran el sentimiento del Maestro al verse confinado, casi literalmente, en una cárcel de silencio.
Los poemas que siguen fueron escritos en mayo de 1971, luego de que su nombre resonara desde el palco oficial, confirmando la sentencia en los golpes de vara del juez, en mitad del espectáculo que diseñaran para el poeta Padilla. Este es el Lezama del ostrakon y la crispación nocturna, irónico y extrañamente libre al no saber (o no querer) disimular su entrada al Limbo de las expiaciones:
SORPRENDIDO
No puedo. Es así. Y el caballo dobla el naipe.
Voy. La toronja escampa, deletreo.
¿Qué pregunta cabe? ¿Qué codo se entremezcla?
El turiferario se remoja, abandona.
Son juramentos, perogrulladas, testigos.
Un índice torcido como una nariz,
no sirve, ceniza, redondea.
Una estocada de cartón, presunciones.
El costillar al trasluz, una tromba
engorda el farol repartiendo cartas de Navidad.
Araño, voy y me sumerjo, ya no hay navegantes.
Toco, vuelvo la cara, ya las persianas repiqueteando.
Cruce de peces por las piernas abiertas, tijeras.
No llegó a parir, se aconseja, el naipe calvo.
La ventana ensalivada masculla el pimpollo,
centra el parpadeo, errante el vidrio roto.
Allí el tironeo, el vuelco del tiburón.
Pusilánime araña las botas el rastrojo,
vuelve arrastrándose por la acera al mediodía.
La salamandra sigue saltando
del chaquetón con mucha fiebre.
No puedo, voy a acostarme, despertaré sin el resguardo.
Las arañas alfombran confundiendo sus hilillos.
Don Aire congrega y descabeza.
NO PREGUNTA
Un abreboca y no un punzón con ojos astillados,
una ponzoña con mano izquierda,
en el escampado
una pelota con relieve
en los ojos hacia dentro,
en un rápido botarate lenguafuera.
Dondequiera, cabalgadura avinagrada,
en las rodillas letras de hueso,
en las rodillas brazos y pelucas,
lanzando un entrecortado humillo
de azufre en el tambor infratierra.
Camina hacia el escondrijo,
la carcoma en el perchero queda.
Un encontronazo de cabra y cemiceja,
casi y casi roto en polvo,
dondequiera.
OIGO HABLAR
Oigo hablar a un pájaro moteado:
cuacuá.
En la cabeza tres círculos verdes
y los ojillos que abren y cierran la noche.
Las banquetas para los violinistas
y en medio de la pechuga aljamiada
una garrafa saludando como en un minué.
Las levitas y los sombreros
manchados de luna, con alas pequeñas,
corrían a ocultarse detrás de los árboles.
Los violines también detrás de las hojas
crecían escindidos pisados por la escarcha.
El violinista de levita morada exclama:
cuacuá.
Y todos los trombones borrachos en la medianoche
saludaban, alzaban las ventanas,
elevaban por el aire el pelo del violín.
Una pausa y después se oyó:
cuacuá.
Los animales hablaban primero,
el pájaro perfeccionó el diccionario,
la orquesta sólo lo hizo girar, girar,
soltar sus espirales y recogerlas
en la manga con botones heráldicos.
El pájaro en su casaca de abril
nos regaló el lenguaje interpuesto,
el pelo del violín cruzado con el rameado sedoso,
el ojo del pulpo en el ancla al mediodía:
cuacuá.
El violinista con sus dedos angélicos,
impulsados por la orquesta y su tic tac
de escarcha amoratada, saludaba
de nuevo la hoja reverente
y dejaba caer una gota
hidrocéfala con los ojos sangrantes:
cuacuá.
(José Lezama Lima)
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11 comentarios:
"El pájaro en su casaca de abril"
la retractación de Heberto fue en abril, me parece. Y me imagino que aquello le sonaría a JLL así mismo: cuácuá...
gracias
good for a friday
El discurso de retractación de Padilla fue, en efecto, el martes 27 de abril de 1971.
Cierto, en abril.
Los poemas dan para adivinarles, y hasta inventarles claves. Un descorazonado Lezama dice:
No puedo, voy a acostarme, despertaré sin el resguardo.
Uno de sus versos más sentidos, creo.
Y siempre he querido pensar que Don Aire, el que congrega y descabeza, es Quien Tú Sabes.
Saludos.
Sí, no hay que ir muy lejos para convertir a ese Don Aire en huracán. Es célebre que Lezama asoció siempre los ciclones con el Mal absoluto, con el hambre, con la maldición. Pero no deja de ser una lectura arriesgada, en cualquier caso.
Hace tiempo alguien me dijo que ese verso tan raro "el pájaro perfeccionó el diccionario", le había servido para descubrir que la palabra "tutú" no era sólo lo que usan las bailarinas, sino una especie de buitre.
SORPRENDIDO (traducción para neófitos en Lezamerías)
No puedo. Es así. Y Fidel castro no se anda con juegos.
Voy. Esto pasa, deletreo.
¡Ni preguntes! ¡Empina el codo con cualquier cosa mesclada!
Hasta Virgilio se emborracha, va al baño.
Hablan los muchachos de Lunes.
La mano de Caín y el olfato de Marinello,
no sirve, me gustaría un tabaco de los que se fuma este cabrón.
Quien será el próximo, presunciones.
Si esto dura me veré esbelto, una desgracia
hace más larga la espera y esto va a durar hasta la Navidad.
Araño, voy al retrete, y no hay nada interesante que mirar.
Me toco, vuelvo la cara, alivios estas tensiones.
Cruce de peces por las piernas abiertas, interrumpen.
Barnet se resigna a entrar al baño de hombres, este será otra marioneta.
Es mejor ensalivada masculla el pimpollo,
parpadea, se quita los espejuelos.
Allí el tironeo, el vuelco del tiburón.
Pusilánime araña, me ensuciaras las botas rastrojo,
vuelve arrastrándose y las lame también.
Alfredo Guevara continúa hablando
bajo su chaquetón que causa mucha fiebre.
No puedo, voy a acostarme, este me ha debilitado.
Barnet y las otras tejen sus telas.
Fidel está escogiendo el próximo.
lo cierto es que en esos poemas hay un Lezama que cancanea, que "cuacuasea", sin la sonoridad y fluidez de su estilo.
NO PREGUNTA (a Padilla)
(otra traducción para neófitos en Lezamerías)
Un bofetón, y no un trompón, bastó para dejarle los ojos astillados,
una galleta, no más, con mano izquierda,
en la poética jeta
y la colaboración creció como una pelota de nieve
sin poder mirarnos a los ojos,
convirtiéndose en un botarate lenguafuera.
Dondequiera, será siempre un amargado,
puesto de rodillas la poesía le abandonará,
peluquero de su verguenza,
humeara su pluma tartamuda
vapores de azufre en el infierno del exilio (influencia de Manolín).
Camina hacia el escondrijo,
dejando la duda y el miedo en nuestras ropas.
Una mixtura de cabrón y sinverguenza,
casi y casi mierda en polvo,
dondequiera.
OIGO HABLAR
(otra traducción para neófitos en Lezamerías)
Oigo hablar a José Rodríguez Feo:
cuacuá.
En la cabeza tres círculos verdes
y los ojillos que abren y cierran la billetera.
Las banquetas para Cintio y el fantasma de Medardo
y en medio de la pechuga aljamiada
mi semejante saludando socarrona.
Las levitas y los sombreros
manchados, discretos y rentados,
ya por la costumbre de ocultar.
Los violines también propicios al verde olivo
crecían escindidos solo por la muerte.
El violinista de cabeza canosa exclama:
cuacuá.
Y todos los cabrones borrachos en la UNEAC
saludaban, alzaban banderitas,
elevaban por el aire sus voces de apoyo.
Una pausa y después se oyó a Cintio de nuevo:
cuacuá.
Los miembros de la UNEAC hablaban primero,
y Barnet, miembro de la academia, perfeccionó el diccionario,
la orquesta sólo lo hizo mamar, mamar,
soltar sus cremalleras y cerrarla
mientras se limpiaba la boca en la manga con botones heráldicos.
Barnet en su casaca de abril
nos regaló la destreza de su lengua,
el pelo canoso del violinista temblaba de envidia,
el ojo del ladino Pablo Armando tramaba otra felonía:
cuacuá.
Repetía Cintio, el violinista con sus dedos ansiosos,
impulsados por la visión idílica
de semen abundante, saludaba
de nuevo reverente la foto del tirano
y dejaba caer una gota
hidrocéfala con los ojos sangrantes:
cuacuá.
eso no es una traduccion, es una exegesis, ja, ja, ja...
No entiendo. Esos poemas son una joda, verdad?
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