Piénselo bien, si usted es joven poeta, y ha logrado detectar cierta cantidad de lo que llaman “hojarasca” en sus cuadernos, le recomiendo no desechar esos versos. Existe la posibilidad del reciclaje. Escríbale a Jorge Salcedo, y él seguramente le devolverá un manojo más presentable. Existe la posibilidad de que usted se convierta, de manera involuntaria, en el Quevedo de su generación. Un Quevedo de taller, apuntalado por la reescritura ajena, pero un Quevedo al fin.
Léase el post anterior, y luego este rescate que sigue, para convencerse:
No laboro en la raíz, ni cultivo habichuelas —née frijoles—
que se alarguen
hasta el plato de arroz en mis empobrecidas tardes.
Una brisa de ajos adoba el equinoccio
donde el perro moribundo come su arroz con mango
y un hombre, si está muerto, vale menos que un perro.
Cada pecera que intento preñar
posee una pregunta en sus aristas.
Yo creía poseer un falo incuestionable,
un falo pícolo, requinto, corno inglés, saxofón.
Un saxo es un instrumento demasiado triste
para que bailen los gorriones
sobre el tendido eléctrico.
No así la gendarmería de mortillo acentuado.
Quizás yo sienta un poco de temor,
pero no me alcanza el falo para orinarle el rostro a los soldados.
Aún así, persisto en la fresa utópica
del que nació entre los sinsontes
y conoció el apetito del navegante y su cadáver.
Y el navegante se hinchó
hasta parir esos gusanos que lo devoraban
y pronto dieron con su líbido y sus reclamos en la cárcel,
cárcel donde la luz
pone en evidencia la perfección de alguna axila.
La envoltura del perro que admiro sin pelea
y equivale a su descomposición
pretende desentenderse del ábaco
y me empuja a acribillar animales adyacentes.
Exceptúo pequeños mamíferos
que no vieron la mañana muerta detrás de un barco,
pero no perdono a las vacas.
Somos la misma especie de hace siglos.
La misma especie de perro locuaz.
La soledad es un perro taciturno.
La poesía es una perra en celo.
Las tiendas con sus bocas expectantes
provocan la orina y los abrazos
de los perros taciturnos y las perras en celo
y todos acabamos imprecando el mar.
Las pitas, el anzuelo
para tentar el deseo de los peces.
Nada pica. Estorbamos.
Somos bultos que no logra desleír la luz…
Del caracol entonces toma ejemplo:
una vuelta de espira más adentro
sus vísceras esconde desconfiado.
Olvida las habichuelas —née frijoles— por un tiempo.
.
6.08.2009
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7 comentarios:
Manuel, no me vayas a indisponer con la joven poesía cubana. Tú sabes lo difícil que son los comienzos para cualquier poeta. Sobre todo después de los cuarenta. Nel mezzo del cammin di nostra vita, lo mejor es la solidaridad. Confío en que me entiendas.
Por cierto, veo cierta influencia de Miguel Barnet en la nueva poesía cubana. No debería extrañarme, siendo él presidente de la Sociedad de Perros Chihuahuas de Cuba (UNEAC).
Precisamente acabo de entregar a sendas editoriales mis 3 nuevos libros sobre poesía y cultura cubanas, donde el factor canino es común: “La uniformidad del ladrido: Ensayo de aproximación a un alejamiento postcoloquial en el discurso joven insular”, “Otros aullidos descontextualizados: Nueva visión de la retórica como demarcación territorial en tres libros significativos de nuestra más joven poesía”, y “Generaciones y jaurías: Estudio de tendencias, estrategias y doctrinas de un relato alternativo a la luz de los nuevos retos estéticos en el espacio virtual”. Te haré llegar copias.
Válgame Dios, Salcedo debe estar en esos versos, sus poemas son como ristras de ajo pero vanos y apestan a letrina de campo.
Ya enseñan los perros anónimos sus blanquísimos dientes,
pasan la lengua por el borde rociado de las letrinas
y su baba virtual desciende y asciende de lo hondo
como un hilillo juguetón entre sus labios y la nada.
dejen tranquilo a Salcedo que es un buen poeta.
es muy buen humorista, tiene buen blog y se rie lo mismo de la madre de los tomates que de las ristras secas, jja.poeta, poeta, mejor que siga filosofando
se hace el verso salcedo
se hace la luz del dia
y con mucha simpatia
el trono de poesia le cedo
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