
Ahí está el régimen jugando, como nunca antes, a la defensiva. Ahí lo tenemos, clamando que le siguen haciendo trampas, culpando al arsenal de los contrarios en contraposición a su propia pobreza, la razón de razones para estar perdiendo a estas alturas del juego. Porque ni siquiera sus acostumbrados simpatizantes justifican los últimos manotazos y patadas, los gritos de impotencia y el chillido histérico que abre paso a un par de lagrimones, por fin.
De la llamada Batalla de Ideas, que se atrevió a proponer, le va quedando el escudo abollado, que usa para protegerse cuando puede, sacando la cabeza sólo para maldecir y dejarnos ver los espumarajos de su rabia. Todavía sigue enviando emisarios y juglares más allá de sus dominios, con la teoría y la música promisoria del Cambio, palabra milagrosa ante los parlamentos y academias. Cambio como contraseña y antídoto, un voto de confianza que necesita para mantenerse otros pocos años, a ver qué pasa.
¿Qué noticias nos trae cada mañana? ¿Cuál es la cábala del día? Uno revisa los diarios y sólo encuentra amenazas, citaciones, golpizas, cordones de policías, requisas, redadas, interrogatorios, accesos denegados, prohibiciones, arrestos. Todo un glosario de cesarismo tropical.
Como guía y soporte, ya que los manuales fueron reciclados o convertidos en accesorios de letrina, disfrutamos ahora de Reflexiones seriadas, asignatura escolar, transcripción del mejor humor salido del universo socialista, prueba de cuán atinados fueron sus predecesores, Stalin, Franco y demás, que tuvieron el buen gusto de morirse.
La pregunta de hoy no puede ser más sintomática: ¿Será que su separación del Micrófono lo ha angustiado al punto de salirse del libreto tradicional? O sea, sin abandonar su sueño letrado, el vacío oratorio pudiera ser culpable de sus salidas de tono, del descaro menos velado de sus últimos tintazos, del desparpajo, de la evidente relegación de ciertos protocolos.
Y es que hasta hace muy poco, los micrófonos no tenían otro dueño. Un buen racimo de ellos nos esperaba al frente, en el estrado de la gran coreografía, listos para dejarnos oír el trueno barbado que derretía el corazoncito de las multitudes.
Y resulta que el Micrófono deja de ser patrimonio suyo, y de sus policías y juglares (que pueden ser lo mismo), para convertirse en el arma que nunca previó. Las larguísimas horas de cháchara triunfal tienen un alto precio, como se constata desde la isla, porque los que escuchaban en silencio pueden tomarse en serio el papel de interlocutores. Y de qué manera.
No dejen que vuelva a caer en sus garras.
De la llamada Batalla de Ideas, que se atrevió a proponer, le va quedando el escudo abollado, que usa para protegerse cuando puede, sacando la cabeza sólo para maldecir y dejarnos ver los espumarajos de su rabia. Todavía sigue enviando emisarios y juglares más allá de sus dominios, con la teoría y la música promisoria del Cambio, palabra milagrosa ante los parlamentos y academias. Cambio como contraseña y antídoto, un voto de confianza que necesita para mantenerse otros pocos años, a ver qué pasa.
¿Qué noticias nos trae cada mañana? ¿Cuál es la cábala del día? Uno revisa los diarios y sólo encuentra amenazas, citaciones, golpizas, cordones de policías, requisas, redadas, interrogatorios, accesos denegados, prohibiciones, arrestos. Todo un glosario de cesarismo tropical.
Como guía y soporte, ya que los manuales fueron reciclados o convertidos en accesorios de letrina, disfrutamos ahora de Reflexiones seriadas, asignatura escolar, transcripción del mejor humor salido del universo socialista, prueba de cuán atinados fueron sus predecesores, Stalin, Franco y demás, que tuvieron el buen gusto de morirse.
La pregunta de hoy no puede ser más sintomática: ¿Será que su separación del Micrófono lo ha angustiado al punto de salirse del libreto tradicional? O sea, sin abandonar su sueño letrado, el vacío oratorio pudiera ser culpable de sus salidas de tono, del descaro menos velado de sus últimos tintazos, del desparpajo, de la evidente relegación de ciertos protocolos.
Y es que hasta hace muy poco, los micrófonos no tenían otro dueño. Un buen racimo de ellos nos esperaba al frente, en el estrado de la gran coreografía, listos para dejarnos oír el trueno barbado que derretía el corazoncito de las multitudes.
Y resulta que el Micrófono deja de ser patrimonio suyo, y de sus policías y juglares (que pueden ser lo mismo), para convertirse en el arma que nunca previó. Las larguísimas horas de cháchara triunfal tienen un alto precio, como se constata desde la isla, porque los que escuchaban en silencio pueden tomarse en serio el papel de interlocutores. Y de qué manera.
No dejen que vuelva a caer en sus garras.
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