Por Sindo Pacheco...................................................................A Bernabé—¿De quién es ese maletín?
Los pasajeros se miraron unos a otros, luego sus infidentes miradas miraron al joven del labio leporino.
El policía se adelantó a sus compañeros y se detuvo frente a él.
—Bájelo.
El joven se puso de pie y tomó la valija.
—Siéntese.
Se sentó.
—Ponga el maletín sobre sus piernas.
Lo puso.
—Ábralo.
El joven descorrió la cremallera, y el gendarme observó el contenido.
—Ya lo tenemos —sonrió, mirando a sus colegas.
El silencio se había apoderado del coche. Solamente las ruedas del tren golpeaban los empates de los rieles, y el sonido, como una letanía inacabable, entraba por las ventanillas junto al vapor caliente de la noche. El joven del labio leporino se puso de pie y colocó su equipaje en el piso. Luego alzó la vista al oficial.
—Aquel otro también es mío.
—¿Cuál?
—Aquel de allá.
—Búsquelo.
El joven avanzó unos pasos entre los aturdidos pasajeros. Simuló tomar un equipaje; pero repentinamente, como una liebre acosada, saltó por la ventana del tren.
La pausa fue breve, apenas un relámpago. Cayó de costado sobre una pendiente dura y áspera que lo absorbía como un torbellino.
Cuando por fin se quedó quieto sintió una punzada en el tobillo izquierdo, le ardían ambos codos y la sangre le mojaba el pantalón a la altura del muslo derecho. Escuchó a lo lejos los chirridos del tren frenando contra los rieles. Trabajosamente se incorporó. Había perdido un zapato en la caída, pero comenzó a alejarse de la línea hasta alcanzar la protección de unos arbustos. El tren había retrocedido y se detuvo frente a él como un rollo de película por cuyos cuadros iluminados, los actores miraban a la noche. Vio a los agentes descender con sus linternas, y escudriñar los contornos.
Uno de ellos alzó la vista y alumbró en la dirección adonde él estaba, tal vez un centenar de metros.
—Vamos a buscar refuerzos.
El joven del labio leporino respiró aliviado cuando los vio subir al coche. Casi enseguida la locomotora pitó y el tren se puso en marcha.
Cuando el ruido hubo desaparecido, se puso a caminar en sentido contrario manteniendo la guía de los rieles. El silencio era casi absoluto, apenas roto por el cojear de sus pasos en la hierba, un lento andar que sólo conseguía dilatar el tiempo. Ni un débil rayo de luna se asomaba en un cielo apático y sombrío. Un vaho pegajoso parecía flotar sobre las cosas, como si todo el calor acumulado en el día, la tierra lo devolviera ahora antes de recibir otra carga similar. A ratos el camino se obstruía con algún arroyuelo o una franja de marabú, y tenía que retomar la línea para salvar el obstáculo, pero luego volvía a separarse.
Ya se veía un resplandor de pueblo en la distancia, cuando se sentó sobre una piedra. Se quitó el zapato y se colocó ambas medias en el pie descalzo. Tomó aliento unos minutos y luego prosiguió la marcha.
Antes de llegar a las primeras calles, algunos perros ladraron su presencia. Era un pueblo de esos perdidos, que había envejecido como un parásito prendido del ferrocarril. Las luces del alumbrado público eran pocas y escasas: una claridad neblinosa que se diluía a pocos pasos. El joven tomó una vía más amplia y vio una luz a lo lejos. Caminó por la acera, pegándose a las casas. La luz resultó ser una cafetería solitaria a esa hora de la madrugada.
—Hola, ¿tienes algo de beber?
—Refresco de limón al tiempo —dijo el muchacho, de unos dieciséis años, que atendía el mostrador.
—Déme uno.
El dependiente sirvió un vaso con la bebida, que sacó de una cubeta mediante un jarro de aluminio, y se lo alcanzó al joven.
Éste lo bebió de un golpe.
—Ponme otro.
El muchacho repitió la operación.
—¿Algún problema?
—¿Por qué?
—Tiene el pantalón lleno de sangre.
El joven del labio leporino miró a ambos lados.
—Anoche me asaltaron.
—Es normal por esta zona. ¿Quiere que llame a la policía?
—No. Voy a esperar que amanezca —terminó con el refresco—. ¿Qué número tú calzas? Perdí un zapato —el joven le mostró el pie descalzo—. ¿No tienes un par viejo por tu casa? Te doy cuarenta pesos por un par de zapatos.
—No puedo salir de aquí hasta las cinco.
—No importa, yo espero.
El joven del labio leporino se sentó en un banco de cemento que había en una parada de autobús, y estiró las piernas. Por la rotura del pantalón vio la herida en su muslo de la cual seguía manando sangre.
Cuando el muchacho entregó su turno, el joven se puso de pie y salió a su encuentro.
—¿Puedes conseguirme una aguja y un carretel de hilo? Se me rompió el pantalón —el joven volvió a la parada y a los pocos minutos apareció el muchacho con unas botas viejas de trabajo y una aguja de coser e hilo.
—Me quedan bien —extrajo dos billetes de a veinte y se los alargó al muchacho.
Éste se perdió por una callejuela y el joven fue hasta la estación de ferrocarriles, se metió en los baños, cerró la puerta, se quitó el pantalón y lavó las manchas de sangre. Luego ensartó la aguja con doble hilo, lo torció hasta formar una hilaza más fuerte y comenzó a coserse la herida. Finalmente se vistió y llegó a la taquilla.
—¿Algún tren hacia el Este?
—A las nueve pasa el Ferro Viejo.
—¿Quedan boletos?
—Sí, pero tienes que ir de pie.
—Está bien, déme uno.
El regreso fue más rápido que la ida; pero cuando arribó a su pueblo, bajo un intenso aguacero, el dolor en el tobillo era poco menos que insoportable.
Un hombre mayor, de canoso bigote, abrió la puerta de su casa.
—¿Y eso?
—La policía… Tuve que tirarme del tren.
—Dios mío, estás estropeado.
El joven avanzó unos pasos con dificultad. Era una pieza alargada, con un viejo sillón y dos camas personales. La foto de una señora colgaba en la pared, con un florero y dos rosas marchitas. Hacia el fondo, la oscura cocina tenía una mesa y un par de sillas con sendos orificios en el espaldar. Encima de la cama había una palangana en la cual caían las gotas del techo. Más allá había dos calderos sobre el piso, donde la lluvia también estallaba contra el metal, una música torpe carente de ritmo y de compás.
—Ay, Marcus, no vayas más. Un día te van a echar al guante. Tienes el labio ese… Es muy fácil reconocerte.
El joven caminó hacia la cocina, destapó un caldero que había sobre el fogón, y luego volvió a ponerle la tapa con desdén.
—¿Y de qué vamos a vivir?
—De lo que vive todo el mundo.
—Yo no soy todo el mundo.
El viejo miró la foto de la señora en la pared, luego se volvió al joven.
—De cualquier cosa, hijo, nadie va a morirse.
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