Nunca la he considerado otra cosa que Ciudadana. Como casi nadie que yo conozca: insistente, atrevida. No es escritora, ni periodista. ¿El tan mentado periodismo civil? Alguien que encontró una manera de hacerse oír, en todo caso. Y vaya si lo ha logrado. Lo hace con toda la llaneza posible. Una llaneza muy rara en Cuba. Y en los cubanos. Mesura también. Más rara todavía. A veces se le escapan ciertas torpezas, pero nuestro escrutinio y expectativas son implacables. Yo le habría pedido más sentido del humor. O cinismo, no sé. Me hubiera gustado que nada perturbase su reclusión. Libre de pelucas, pancartas o diatribas grabadas. Un rincón virtual, muy peligroso, y no otra cosa. No es perfecta. No siempre dice o hace lo que queremos. Algunos no le perdonan el currículum. Breve y vertiginoso. Otros la acusan de ceder al espectáculo. Un dictador moribundo la menciona de paso. Un presidente americano le responde un cuestionario. Ha puesto a gritar a medio mundo, a su favor, en su contra. Nadie se queda a medias.
A los agentes los mantiene insomnes.
A los delatores los obliga a triplicar sus reportes.
A los edecanes culturales les mejora su cultura cibernética y les hace rebajar el nivel de su prosa.
A los aduladores los hace exagerar.
A los detractores los hace exagerar de igual modo.
A los que fingen ignorarla, los hace escribir sobre temas que denotan ese fingimiento.
A los envidiosos los pone a mascullar su rabia y a buscar eslabones débiles.
A los cobardes les exacerba la cobardía: golpes, ofensas, infamia.
A los burlones les desgasta la agudeza.
Si no existiera, la hubiéramos tenido que inventar.
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11.19.2009
Del cielo del primer piso

Por Alcides Herrera
Del cielo del primer piso
nos trajeron un tabaco.
Nos gustó. Le gustó a Baco,
a quien pedimos permiso.
El canal, el Paraíso,
entretienen por ahora.
Xenia Bergman enamora,
a su manera, y apunta
detalles de la pregunta
más difícil, más sonora.
Cuando se calla, aparecen
cien mil denominaciones
y pasan varios ciclones
y las uñas no me crecen.
Mueren, aunque no "fenecen"
y el mar se lleva una parte.
Te pasó, no va a pasarte:
mis manos tienen poder.
Volví para no volver.
Para pasar, que es un arte.
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11.16.2009
11.13.2009
La excepción

Alguna vez imaginé una alcoba y el sopor
de la vigilia
adonde entraría a deshora para aplacar
el llanto de un huésped, hijo o espectro devuelto a casa,
palabras que irían a reponerle la sensatez
y las pocas fuerzas tras el viaje imprevisto.
Imaginé la confianza, depositada en voz o caricia,
y mi aseveración de que todo es reemplazable.
Lo que has perdido, regresará a ti
bajo el túnico de otra divinidad.
Así habría dicho, sereno y solícito,
el cirio en alto y las sombras danzando en las vigas.
Pero hay días, como hoy, en que el ave del crepúsculo
no se aparta de esa rama, la misma que la lluvia pudre,
como si aguardara mi renuncia,
y me obliga a reconsiderar aquella excepción
que bien conozco, que me ahoga
y no me da reposo, jamás.
En la alcoba imaginaria, el huésped,
hijo o espectro que nos devuelve el mundo,
duerme ahora tranquilo, y no llegará a escuchar
las posibles palabras de consuelo
ni mi retractación.
de la vigilia
adonde entraría a deshora para aplacar
el llanto de un huésped, hijo o espectro devuelto a casa,
palabras que irían a reponerle la sensatez
y las pocas fuerzas tras el viaje imprevisto.
Imaginé la confianza, depositada en voz o caricia,
y mi aseveración de que todo es reemplazable.
Lo que has perdido, regresará a ti
bajo el túnico de otra divinidad.
Así habría dicho, sereno y solícito,
el cirio en alto y las sombras danzando en las vigas.
Pero hay días, como hoy, en que el ave del crepúsculo
no se aparta de esa rama, la misma que la lluvia pudre,
como si aguardara mi renuncia,
y me obliga a reconsiderar aquella excepción
que bien conozco, que me ahoga
y no me da reposo, jamás.
En la alcoba imaginaria, el huésped,
hijo o espectro que nos devuelve el mundo,
duerme ahora tranquilo, y no llegará a escuchar
las posibles palabras de consuelo
ni mi retractación.
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11.12.2009
Recetas miamenses: quijada cocida en salsa verde olivo

Ingredientes:
Mandíbula de cantautor cubano, cuya falta de voz sea menor que su capacidad mimética; 1 litro de agua del Golfo; 1 litro de agua del Estrecho de la Florida; 3 tazas de sangre joven y negra; 1 cebolla de mercado negro; 2 cabezas de ajo comprado en la Ocho Vías; 1 cucharada de pólvora; 3 cucharadas de vinagre marca Silvio; 2 cuartillas manuscritas con retórica vallejiana; una taza de aceite verde olivo; 2 boniatos jóvenes y traídos expresamente de Oriente; 1 jeringuilla de guarapo.
Método de preparación:
-hiérvase la mandíbula en el agua mezclada con sangre y pólvora (la pólvora garantiza vencer la resistencia maxilar) y agréguense la cebolla y el ajo de soslayo, como quien no quiere la cosa;
-baje la candela y tape la olla con sigilo, al mejor estilo cederista;
-al cabo de dos horas, una vez ablandada la mandíbula, cúbrase con una capa de vinagre y aceite verde olivo y déjese reposar el mismo tiempo que dura esa tierna pieza: Acuérdate de abril;
-adórnese el plato con las cuartillas manuscritas, hechas confeti, y bien custodiado por los boniatos orientales, preferiblemente crudos;
-finalmente, rociarlo con el guarapo, para que no se pierda la tonalidad verde olivo.
Da para tres raciones: Edmundo García, Max Lesnick, Francisco Aruca.
Mandíbula de cantautor cubano, cuya falta de voz sea menor que su capacidad mimética; 1 litro de agua del Golfo; 1 litro de agua del Estrecho de la Florida; 3 tazas de sangre joven y negra; 1 cebolla de mercado negro; 2 cabezas de ajo comprado en la Ocho Vías; 1 cucharada de pólvora; 3 cucharadas de vinagre marca Silvio; 2 cuartillas manuscritas con retórica vallejiana; una taza de aceite verde olivo; 2 boniatos jóvenes y traídos expresamente de Oriente; 1 jeringuilla de guarapo.
Método de preparación:
-hiérvase la mandíbula en el agua mezclada con sangre y pólvora (la pólvora garantiza vencer la resistencia maxilar) y agréguense la cebolla y el ajo de soslayo, como quien no quiere la cosa;
-baje la candela y tape la olla con sigilo, al mejor estilo cederista;
-al cabo de dos horas, una vez ablandada la mandíbula, cúbrase con una capa de vinagre y aceite verde olivo y déjese reposar el mismo tiempo que dura esa tierna pieza: Acuérdate de abril;
-adórnese el plato con las cuartillas manuscritas, hechas confeti, y bien custodiado por los boniatos orientales, preferiblemente crudos;
-finalmente, rociarlo con el guarapo, para que no se pierda la tonalidad verde olivo.
Da para tres raciones: Edmundo García, Max Lesnick, Francisco Aruca.
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11.11.2009
¿Adónde van los blogs cubanos?

Cada mañana, cuando me dispongo a repasar la abigarrada lista de blogs cubanos, me recuerdo a mí mismo que voy a entrar a sitios concebidos según el gusto y los intereses de cada autor, y que no tengo la obligación de visitarlos, así como ellos tampoco tienen la obligación de halagar mis puntos de vista. Ese recordatorio me hace bien, y me evita agobios y cualquier posible ataque vesánico.
Si aplicamos a los blogs las expectativas que tenemos de los medios tradicionales, nos vamos a creer defraudados. Y realmente es todo lo contrario. Cada página personal, por muy parcializada que resulte, es una de las tantas derivaciones de esa Tertulia abierta que resulta la libertad de expresión. Debería alegrarnos que tanta gente diga lo que quiera decir. Y mucho más, que hayan encontrado una manera tan visible, como lo es ahora esta hemeroteca giratoria que no parece acabarse nunca.
La fórmula para mantener un blog activo, irónicamente, es no hacer concesiones al lector. O sea, que el escritor pueda convencernos de que ese espacio virtual se iguala a un cuaderno de apuntes, siempre íntimo, a veces caprichoso, inestable, del que no debe esperarse regularidad, ni siquiera credibilidad in extremis. Es cierto que existe otro tipo de blog, aquel que informa, divulga y expone, que genera expectativas y resulta útil. Aun así, siempre depende de criterios personales y no tiene por qué responder a ilusiones comunitarias.
Las reacciones más previsibles al criterio que nos estropea la unanimidad, como la práctica ha demostrado, son el insulto y la fusta anónima. En lo personal, creo que ambas cosas son estimulantes, y aprovechables en un sentido de reafirmación "estética", para decirlo de alguna forma. Por eso, cuando veo a un articulista rebajarse y a otro darnos una lección de agudeza o probidad (porque ambas cosas siguen siendo comunes en los blogs), me alegro de igual manera. Me alegro por ambos, porque nos enseñan a verificar y comparar, a dudar y a desmarcarnos de la única perspectiva que esgrimíamos.
Me alegra que tengamos tantas cosas que despreciar y defender, porque a veces se nos olvidan.
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11.09.2009
Tu libro cubano aquí
Otra manera de divulgar a nuestros autores, de mantenerlos en el arisco mercado, es insertar reseñas en los sitios de Internet donde se venden sus libros, tales como Amazon.com. Algunas de esas reseñas ya han sido publicadas en revistas virtuales y blogs, pero creo que el mejor lugar es el punto de venta, por eso las vuelvo a colgar. Un anuncio lumínico nunca está de más.
Aquí puede leerse la de Por el camino de Sade, de Néstor Díaz de Villegas.
Aquí la de Leve Historia de Cuba, de Enrique del Risco y Francisco García.
Y aquí y aquí sobre Los culpables y Salidas de emergencia, de Alexis Romay.
He enviado a los de Amazon otras reseñas, pero no las acaban de publicar. A lo mejor piensan que les doy pérdidas, iluso que es uno.
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Aquí puede leerse la de Por el camino de Sade, de Néstor Díaz de Villegas.
Aquí la de Leve Historia de Cuba, de Enrique del Risco y Francisco García.
Y aquí y aquí sobre Los culpables y Salidas de emergencia, de Alexis Romay.
He enviado a los de Amazon otras reseñas, pero no las acaban de publicar. A lo mejor piensan que les doy pérdidas, iluso que es uno.
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11.08.2009
Contrabando
Por Sindo Pacheco
...................................................................A Bernabé
—¿De quién es ese maletín?
Los pasajeros se miraron unos a otros, luego sus infidentes miradas miraron al joven del labio leporino.
El policía se adelantó a sus compañeros y se detuvo frente a él.
—Bájelo.
El joven se puso de pie y tomó la valija.
—Siéntese.
Se sentó.
—Ponga el maletín sobre sus piernas.
Lo puso.
—Ábralo.
El joven descorrió la cremallera, y el gendarme observó el contenido.
—Ya lo tenemos —sonrió, mirando a sus colegas.
El silencio se había apoderado del coche. Solamente las ruedas del tren golpeaban los empates de los rieles, y el sonido, como una letanía inacabable, entraba por las ventanillas junto al vapor caliente de la noche. El joven del labio leporino se puso de pie y colocó su equipaje en el piso. Luego alzó la vista al oficial.
—Aquel otro también es mío.
—¿Cuál?
—Aquel de allá.
—Búsquelo.
El joven avanzó unos pasos entre los aturdidos pasajeros. Simuló tomar un equipaje; pero repentinamente, como una liebre acosada, saltó por la ventana del tren.
La pausa fue breve, apenas un relámpago. Cayó de costado sobre una pendiente dura y áspera que lo absorbía como un torbellino.
Cuando por fin se quedó quieto sintió una punzada en el tobillo izquierdo, le ardían ambos codos y la sangre le mojaba el pantalón a la altura del muslo derecho. Escuchó a lo lejos los chirridos del tren frenando contra los rieles. Trabajosamente se incorporó. Había perdido un zapato en la caída, pero comenzó a alejarse de la línea hasta alcanzar la protección de unos arbustos. El tren había retrocedido y se detuvo frente a él como un rollo de película por cuyos cuadros iluminados, los actores miraban a la noche. Vio a los agentes descender con sus linternas, y escudriñar los contornos.
Uno de ellos alzó la vista y alumbró en la dirección adonde él estaba, tal vez un centenar de metros.
—Vamos a buscar refuerzos.
El joven del labio leporino respiró aliviado cuando los vio subir al coche. Casi enseguida la locomotora pitó y el tren se puso en marcha.
Cuando el ruido hubo desaparecido, se puso a caminar en sentido contrario manteniendo la guía de los rieles. El silencio era casi absoluto, apenas roto por el cojear de sus pasos en la hierba, un lento andar que sólo conseguía dilatar el tiempo. Ni un débil rayo de luna se asomaba en un cielo apático y sombrío. Un vaho pegajoso parecía flotar sobre las cosas, como si todo el calor acumulado en el día, la tierra lo devolviera ahora antes de recibir otra carga similar. A ratos el camino se obstruía con algún arroyuelo o una franja de marabú, y tenía que retomar la línea para salvar el obstáculo, pero luego volvía a separarse.
Ya se veía un resplandor de pueblo en la distancia, cuando se sentó sobre una piedra. Se quitó el zapato y se colocó ambas medias en el pie descalzo. Tomó aliento unos minutos y luego prosiguió la marcha.
Antes de llegar a las primeras calles, algunos perros ladraron su presencia. Era un pueblo de esos perdidos, que había envejecido como un parásito prendido del ferrocarril. Las luces del alumbrado público eran pocas y escasas: una claridad neblinosa que se diluía a pocos pasos. El joven tomó una vía más amplia y vio una luz a lo lejos. Caminó por la acera, pegándose a las casas. La luz resultó ser una cafetería solitaria a esa hora de la madrugada.
—Hola, ¿tienes algo de beber?
—Refresco de limón al tiempo —dijo el muchacho, de unos dieciséis años, que atendía el mostrador.
—Déme uno.
El dependiente sirvió un vaso con la bebida, que sacó de una cubeta mediante un jarro de aluminio, y se lo alcanzó al joven.
Éste lo bebió de un golpe.
—Ponme otro.
El muchacho repitió la operación.
—¿Algún problema?
—¿Por qué?
—Tiene el pantalón lleno de sangre.
El joven del labio leporino miró a ambos lados.
—Anoche me asaltaron.
—Es normal por esta zona. ¿Quiere que llame a la policía?
—No. Voy a esperar que amanezca —terminó con el refresco—. ¿Qué número tú calzas? Perdí un zapato —el joven le mostró el pie descalzo—. ¿No tienes un par viejo por tu casa? Te doy cuarenta pesos por un par de zapatos.
—No puedo salir de aquí hasta las cinco.
—No importa, yo espero.
El joven del labio leporino se sentó en un banco de cemento que había en una parada de autobús, y estiró las piernas. Por la rotura del pantalón vio la herida en su muslo de la cual seguía manando sangre.
Cuando el muchacho entregó su turno, el joven se puso de pie y salió a su encuentro.
—¿Puedes conseguirme una aguja y un carretel de hilo? Se me rompió el pantalón —el joven volvió a la parada y a los pocos minutos apareció el muchacho con unas botas viejas de trabajo y una aguja de coser e hilo.
—Me quedan bien —extrajo dos billetes de a veinte y se los alargó al muchacho.
Éste se perdió por una callejuela y el joven fue hasta la estación de ferrocarriles, se metió en los baños, cerró la puerta, se quitó el pantalón y lavó las manchas de sangre. Luego ensartó la aguja con doble hilo, lo torció hasta formar una hilaza más fuerte y comenzó a coserse la herida. Finalmente se vistió y llegó a la taquilla.
—¿Algún tren hacia el Este?
—A las nueve pasa el Ferro Viejo.
—¿Quedan boletos?
—Sí, pero tienes que ir de pie.
—Está bien, déme uno.
El regreso fue más rápido que la ida; pero cuando arribó a su pueblo, bajo un intenso aguacero, el dolor en el tobillo era poco menos que insoportable.
Un hombre mayor, de canoso bigote, abrió la puerta de su casa.
—¿Y eso?
—La policía… Tuve que tirarme del tren.
—Dios mío, estás estropeado.
El joven avanzó unos pasos con dificultad. Era una pieza alargada, con un viejo sillón y dos camas personales. La foto de una señora colgaba en la pared, con un florero y dos rosas marchitas. Hacia el fondo, la oscura cocina tenía una mesa y un par de sillas con sendos orificios en el espaldar. Encima de la cama había una palangana en la cual caían las gotas del techo. Más allá había dos calderos sobre el piso, donde la lluvia también estallaba contra el metal, una música torpe carente de ritmo y de compás.
—Ay, Marcus, no vayas más. Un día te van a echar al guante. Tienes el labio ese… Es muy fácil reconocerte.
El joven caminó hacia la cocina, destapó un caldero que había sobre el fogón, y luego volvió a ponerle la tapa con desdén.
—¿Y de qué vamos a vivir?
—De lo que vive todo el mundo.
—Yo no soy todo el mundo.
El viejo miró la foto de la señora en la pared, luego se volvió al joven.
—De cualquier cosa, hijo, nadie va a morirse.
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...................................................................A Bernabé
—¿De quién es ese maletín?
Los pasajeros se miraron unos a otros, luego sus infidentes miradas miraron al joven del labio leporino.
El policía se adelantó a sus compañeros y se detuvo frente a él.
—Bájelo.
El joven se puso de pie y tomó la valija.
—Siéntese.
Se sentó.
—Ponga el maletín sobre sus piernas.
Lo puso.
—Ábralo.
El joven descorrió la cremallera, y el gendarme observó el contenido.
—Ya lo tenemos —sonrió, mirando a sus colegas.
El silencio se había apoderado del coche. Solamente las ruedas del tren golpeaban los empates de los rieles, y el sonido, como una letanía inacabable, entraba por las ventanillas junto al vapor caliente de la noche. El joven del labio leporino se puso de pie y colocó su equipaje en el piso. Luego alzó la vista al oficial.
—Aquel otro también es mío.
—¿Cuál?
—Aquel de allá.
—Búsquelo.
El joven avanzó unos pasos entre los aturdidos pasajeros. Simuló tomar un equipaje; pero repentinamente, como una liebre acosada, saltó por la ventana del tren.
La pausa fue breve, apenas un relámpago. Cayó de costado sobre una pendiente dura y áspera que lo absorbía como un torbellino.
Cuando por fin se quedó quieto sintió una punzada en el tobillo izquierdo, le ardían ambos codos y la sangre le mojaba el pantalón a la altura del muslo derecho. Escuchó a lo lejos los chirridos del tren frenando contra los rieles. Trabajosamente se incorporó. Había perdido un zapato en la caída, pero comenzó a alejarse de la línea hasta alcanzar la protección de unos arbustos. El tren había retrocedido y se detuvo frente a él como un rollo de película por cuyos cuadros iluminados, los actores miraban a la noche. Vio a los agentes descender con sus linternas, y escudriñar los contornos.
Uno de ellos alzó la vista y alumbró en la dirección adonde él estaba, tal vez un centenar de metros.
—Vamos a buscar refuerzos.
El joven del labio leporino respiró aliviado cuando los vio subir al coche. Casi enseguida la locomotora pitó y el tren se puso en marcha.
Cuando el ruido hubo desaparecido, se puso a caminar en sentido contrario manteniendo la guía de los rieles. El silencio era casi absoluto, apenas roto por el cojear de sus pasos en la hierba, un lento andar que sólo conseguía dilatar el tiempo. Ni un débil rayo de luna se asomaba en un cielo apático y sombrío. Un vaho pegajoso parecía flotar sobre las cosas, como si todo el calor acumulado en el día, la tierra lo devolviera ahora antes de recibir otra carga similar. A ratos el camino se obstruía con algún arroyuelo o una franja de marabú, y tenía que retomar la línea para salvar el obstáculo, pero luego volvía a separarse.
Ya se veía un resplandor de pueblo en la distancia, cuando se sentó sobre una piedra. Se quitó el zapato y se colocó ambas medias en el pie descalzo. Tomó aliento unos minutos y luego prosiguió la marcha.
Antes de llegar a las primeras calles, algunos perros ladraron su presencia. Era un pueblo de esos perdidos, que había envejecido como un parásito prendido del ferrocarril. Las luces del alumbrado público eran pocas y escasas: una claridad neblinosa que se diluía a pocos pasos. El joven tomó una vía más amplia y vio una luz a lo lejos. Caminó por la acera, pegándose a las casas. La luz resultó ser una cafetería solitaria a esa hora de la madrugada.
—Hola, ¿tienes algo de beber?
—Refresco de limón al tiempo —dijo el muchacho, de unos dieciséis años, que atendía el mostrador.
—Déme uno.
El dependiente sirvió un vaso con la bebida, que sacó de una cubeta mediante un jarro de aluminio, y se lo alcanzó al joven.
Éste lo bebió de un golpe.
—Ponme otro.
El muchacho repitió la operación.
—¿Algún problema?
—¿Por qué?
—Tiene el pantalón lleno de sangre.
El joven del labio leporino miró a ambos lados.
—Anoche me asaltaron.
—Es normal por esta zona. ¿Quiere que llame a la policía?
—No. Voy a esperar que amanezca —terminó con el refresco—. ¿Qué número tú calzas? Perdí un zapato —el joven le mostró el pie descalzo—. ¿No tienes un par viejo por tu casa? Te doy cuarenta pesos por un par de zapatos.
—No puedo salir de aquí hasta las cinco.
—No importa, yo espero.
El joven del labio leporino se sentó en un banco de cemento que había en una parada de autobús, y estiró las piernas. Por la rotura del pantalón vio la herida en su muslo de la cual seguía manando sangre.
Cuando el muchacho entregó su turno, el joven se puso de pie y salió a su encuentro.
—¿Puedes conseguirme una aguja y un carretel de hilo? Se me rompió el pantalón —el joven volvió a la parada y a los pocos minutos apareció el muchacho con unas botas viejas de trabajo y una aguja de coser e hilo.
—Me quedan bien —extrajo dos billetes de a veinte y se los alargó al muchacho.
Éste se perdió por una callejuela y el joven fue hasta la estación de ferrocarriles, se metió en los baños, cerró la puerta, se quitó el pantalón y lavó las manchas de sangre. Luego ensartó la aguja con doble hilo, lo torció hasta formar una hilaza más fuerte y comenzó a coserse la herida. Finalmente se vistió y llegó a la taquilla.
—¿Algún tren hacia el Este?
—A las nueve pasa el Ferro Viejo.
—¿Quedan boletos?
—Sí, pero tienes que ir de pie.
—Está bien, déme uno.
El regreso fue más rápido que la ida; pero cuando arribó a su pueblo, bajo un intenso aguacero, el dolor en el tobillo era poco menos que insoportable.
Un hombre mayor, de canoso bigote, abrió la puerta de su casa.
—¿Y eso?
—La policía… Tuve que tirarme del tren.
—Dios mío, estás estropeado.
El joven avanzó unos pasos con dificultad. Era una pieza alargada, con un viejo sillón y dos camas personales. La foto de una señora colgaba en la pared, con un florero y dos rosas marchitas. Hacia el fondo, la oscura cocina tenía una mesa y un par de sillas con sendos orificios en el espaldar. Encima de la cama había una palangana en la cual caían las gotas del techo. Más allá había dos calderos sobre el piso, donde la lluvia también estallaba contra el metal, una música torpe carente de ritmo y de compás.
—Ay, Marcus, no vayas más. Un día te van a echar al guante. Tienes el labio ese… Es muy fácil reconocerte.
El joven caminó hacia la cocina, destapó un caldero que había sobre el fogón, y luego volvió a ponerle la tapa con desdén.
—¿Y de qué vamos a vivir?
—De lo que vive todo el mundo.
—Yo no soy todo el mundo.
El viejo miró la foto de la señora en la pared, luego se volvió al joven.
—De cualquier cosa, hijo, nadie va a morirse.
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11.07.2009
De los cobardes
¿De los cobardes no se ha escrito nada? Conozco dos o tres poetas que se han ocupado del asunto, explícitamente; pero sabemos que de los cobardes se escribe todos los días. Si no fuera por los cobardes no habría muchas noticias, ni tuviéramos tanta materia que desentrañar.
Ahora mismo, en Cuba, los cobardes rodean casas y gritan obscenidades, arrestan de manera ilegal a opositores pacíficos y activistas, los golpean e interrogan, los amenazan y empujan.
Ahora mismo, en Cuba, los cobardes atacan a las mujeres, pretenden reducir por la fuerza a intelectuales cuya peligrosidad radica en un lente o un teclado; abusan del poder bruto y se ufanan de ello.
Ahora mismo, en Cuba, los cobardes redactan la defensa de un régimen militar que les renumera en especie, y colaboran sin ronrojarse.
También tenemos unos cuantos cobardes fuera de Cuba, es cierto. Y de ellos, es posible que nunca se haya escrito nada.
Ellos se encargan de hacerlo por su cuenta.
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Ahora mismo, en Cuba, los cobardes rodean casas y gritan obscenidades, arrestan de manera ilegal a opositores pacíficos y activistas, los golpean e interrogan, los amenazan y empujan.
Ahora mismo, en Cuba, los cobardes atacan a las mujeres, pretenden reducir por la fuerza a intelectuales cuya peligrosidad radica en un lente o un teclado; abusan del poder bruto y se ufanan de ello.
Ahora mismo, en Cuba, los cobardes redactan la defensa de un régimen militar que les renumera en especie, y colaboran sin ronrojarse.
También tenemos unos cuantos cobardes fuera de Cuba, es cierto. Y de ellos, es posible que nunca se haya escrito nada.
Ellos se encargan de hacerlo por su cuenta.
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11.06.2009
¿Grammy, dijiste?
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